La Tormenta

Los mares violetas se agitan, se agitan como siempre.

Los sentimientos extraños acompañan a la tormenta que se está desatando.

Nunca nos importó demasiado que lloviera sobre nosotros, nunca nada nos importó demasiado.

Y creo que nunca hubo algo que a ti te importara. Yo estaba bien con eso, no necesitaba que a ti te importara.

Yo quería vivir algún tipo de exceso, uno de esos que corrompen y que son mal vistos, que rasgan la dignidad y que llenan el alma tanto como llenan los ojos de lágrimas tibias.

Nunca nos importó demasiado estar bajo la tormenta y ver al huracán aproximarse. Tú decías que éramos inmortales.

Creo que mentías, creo que siempre lo hiciste.

El viento sopla, el mar se agita, el cielo se ilumina con luces eléctricas.

Eléctricas como el azul de tus miradas a las tres de la mañana, cuando por un breve segundo parecías darte cuenta de lo que estabas haciendo y me mirabas como si fueras a pedir una disculpa.

Nunca lo hiciste, yo no esperaba que lo hicieras.

Mis manos se hunden en la arena mientras intento aferrarme a algo. La playa está desierta y mis pies están desnudos.

Nunca me importó demasiado estar sola bajo la tormenta, ya me había acostumbrado a la violencia de tus caricias y a tus palabras en voz grave.

Ahora el huracán se acerca y va a destrozarlo todo.

Y yo sólo cierro los ojos.

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