Cartas de colores

La noche es naranja.

Las calles desiertas, el asfalto húmedo refleja las luces viejas que luchan por mantenerse encendidas. El tiempo ha dejado de existir hace mucho.

El tiempo nunca pasa, nunca transcurre, y al mismo tiempo nunca se detiene. Estático y variable, sólo una dimensión más de lo que compone al mundo.

Tres dimensiones espaciales y una dimensión temporal. Y nosotros perdidos en algún punto de ellas, en esta noche naranja de sonidos huecos y pensamientos distantes.

Las luces al interior son tenues, pero tienen fuerza. Tus manos sobre la mesa, tus dedos tamborileando en el borde, la mirada perdida en la imagen de la pantalla, la luz amarilla que te deslumbra por un segundo antes de desaparecer por completo. La misma melodía continua, crees que la has escuchado por toda una eternidad, pero las manecillas del reloj no se han movido. Nada cambia. Estático.

Ocho vasos, siete personas, las cartas de colores por toda la mesa.

Siete vasos, seis personas, las cartas de colores por toda la mesa.

Pasado, presente y futuro, todo en una noche, todo en esta noche. Ritmo circadiano, flujo sanguíneo, descargas eléctricas por el sistema nervioso.

Las luces al interior son tenues, tus dedos tamborilean por el borde de la mesa, la luz amarilla te deslumbra, le melodía continua, las manecillas del reloj no se han movido.

Seis vasos, cinco personas, las cartas de colores por toda la mesa.

Cinco vasos, cuatro personas, las cartas de colores por toda la mesa.

Hablas del tiempo, me has pedido que hable del tiempo. No existe, me has dicho, tal vez tú y yo tampoco existimos. La naturaleza es cíclica, dice alguien. Tú asientes, tiras la carta, suspiras.

¿En dónde estabas hace dos horas? No lo recuerdas. No recuerdas nada que no sean las cartas de colores y las tres personas que te rodean. Pero el tiempo no ha pasado, el reloj no ha cambiado y la canción aún no ha terminado.

Piensas en el tiempo y en el espacio, en las ondas gravitatorias, en la radiación cósmica de fondo. El tiempo es el flujo de acontecimientos, la representación del cambio, el movimiento. Quizás sea subjetivo, quizás estés perdiendo la cabeza, tal vez la interminable melodía ha surtido un efecto extraño en tus sentidos.

Cuatro vasos, tres personas, las cartas de colores por toda la mesa.

Cierras los ojos cuando la luz amarilla brilla, tus manos están en el borde de la mesa. Un movimiento ansioso de dos dedos. Necesitas un poco de agua fría.

Respiras. ¿Qué hay afuera? Lo has olvidado.

Quizás nunca has estado afuera.

Tres vasos, dos personas, las cartas de colores por toda la mesa.

Me preguntas qué pasa, yo te sonrío. No ha pasado nada, siempre hemos sido sólo tú y yo en esta mesa, con este infinito juego de cartas.

La luz amarilla ilumina nuestros rostros, las manecillas del reloj no han cambiado, la canción está lejos de terminar.

Dos vasos, una persona, un montón de cartas de colores frente a ti.

Ya debe ser muy tarde, deberías volver. La insoportable luz amarilla sigue lastimando tus ojos.

Sí, deberías volver, ¿a dónde deberías volver?

El retorno, la recurrencia, los ciclos… El fuego es necesario para poder renacer.

Una mesa, un vaso, un montón de cartas de colores iluminadas por una luz amarilla y una canción que parece no tener fin.

El tiempo, dime, ¿qué es el tiempo?

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