El final

Ella me preguntó qué era lo que veía a través del cristal. Yo no le respondí, lo único que veía era mi propio reflejo.

El tiempo, en este lugar, no es ni demasiado largo ni demasiado breve. La ventana es enorme y cuando doy un paso puedo ver la lejana luz de las estrellas. Hace frío.

Ella cruza la habitación y abre la puerta. Salimos al jardín de la casa y llegamos a tiempo para escuchar la mejor parte del concierto de los grillos, el último de la temporada. Ella se sienta sobre una roca muy grande que siempre había estado ahí. Yo suspiro y pienso que, tal vez, en algún lugar del universo una estrella esté naciendo en este preciso momento, mientras nosotras sólo estamos aquí, en el jardín, sintiendo los minutos pasar. Esperando.

A mí me da miedo mirar al cielo nocturno, casi tanto miedo como mirar al vacío desde lo alto de las montañas. La gente dice que el vacío te llama, yo creo que lo que nos da miedo es darnos cuenta de lo pequeños que somos.

Yo estoy aquí, con todo un mundo en la cabeza, y en realidad son sólo unas cuantas personas las que saben que existo. Ella lo sabe, lo confirmé una vez, ella dijo que fue una pregunta extraña.

« ¿Puedes ver que estoy viva? »

Yo creo que fue una pregunta adecuada.

Es por eso que no tengo ningún otro lugar al cual ir, y no hay ningún otro lugar en el que necesite estar.

Me pregunto si ella recuerda los días amarillos y el viento que nos despeinaba dejándonos pequeñas plantas enredadas en el cabello. Fue durante uno de esos días amarillos cuando recibimos la noticia. Yo la escuché en el radio, mientras viajaba en el autobús. Al día siguiente la noticia estaba en la primera plana de todos los periódicos.

Desde entonces, los días se han vuelto mucho más tranquilos. Livianos.

En todos los noticieros hablaron de ello, asistieron especialistas en diversos campos y respondieron a las preguntas de los reporteros sin cambiar ni un poco las expresiones de sus rostros. Los especialistas estaban tranquilos, los reporteros estaban tranquilos y la encargada del reporte del clima estaba tranquila. Los espectadores, mirando las pantallas desde distintos lugares del mundo, también lo estaban.

Es increíble lo fácil que resulta desprenderse. Respirar se ha vuelto más sencillo desde que los problemas dejaron de importar. Es una lástima no habernos sentido así antes.

Esta mañana los noticieros anunciaron el fin del mundo con la misma calma con la que se anuncia una lluvia vespertina o un cielo despejado, de hecho lo hicieron al final del segmento del clima.

«El final llegará esta noche, así que asegúrense de llegar a tiempo a sus destinos y de salir con un paraguas, ¡la tarde será lluviosa! Volvemos contigo al estudio, Paul.»

Cuando el sol empezó a ocultarse se cortó toda la energía eléctrica, los últimos trenes llegaron a las estaciones y todos volvieron a casa.

Y la vista, desde aquí, es simplemente increíble.

Las noches se hicieron para esto, para mirar las estrellas y sentir el húmedo pasto con los pies descalzos, para escuchar a los grillos y sentir la textura de las piedras. Las noches se hicieron para cerrar los ojos, respirar y desvanecerse con un último suspiro.

Ella rompió el silencio, dijo mi nombre y señaló hacia el horizonte. La luz apenas se alcanza a ver como una delgada línea blanca.

Unos segundos más y también nos cubrirá a nosotras.

Ella aparta la mirada, tiene miedo y quiere cerrar los ojos, pero no lo hace.

―Quédate conmigo.

No tengo ningún otro lugar al cual ir y no hay ningún otro lugar en el que quisiera estar.

El concierto de los grillos termina con una majestuosa nota, dos luciérnagas se van volando y entonces descubro lo que es el verdadero silencio absoluto.

Ella toma mi mano, sus dedos están helados.

La luz es brillante.

Recuerdo el último baile, la última ronda de aplausos y el sonido de la madera crujiendo bajo nuestros pies. Recuerdo las noches que pasamos con la radio encendida y los días en los que evitábamos mirarnos a los ojos.

―Quédate.

Es la última palabra, también la primera, es lo único que existe cuando la luz blanca se vuelve tan brillante que incluso puedo verla con los ojos cerrados. Quiero quedarme, pero no puedo hacerlo, nadie puede.

La palabra estalla y se convierte en cientos de recuerdos que se reproducen hacia atrás. Mis pensamientos escapan y se transforman en partículas livianas que parecen fundirse con la luz. Quédate, una y otra vez, quédate.

Y aunque no puedo mirar, sé qué es lo que está ocurriendo, puedo sentirlo. Todo se desvanece, se disuelve en partículas de luz que están en todas partes al mismo tiempo.

Pienso que el final también puede ser un inicio.

Ella se ha convertido en algo que no puedo tocar, en algo inalcanzable que a la vez está a mi lado. Siento que escucho su voz a pesar del silencio, siento que puedo tocar su mano a pesar de que ya no existen las formas.

Todo acaba, o todo empieza, la diferencia es mínima.

Lo único que queda es la luz.

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