La visita

Era un cadáver, lo que lo estaba mirando era sin duda alguna un cadáver.

Tenía los ojos hundidos y bañados en sangre, y la piel de los párpados estaba morada. El resto de la cara era blanca, con algunas líneas rojas aquí y allá.

Tenía el rostro ladeado, como si sintiera una profunda curiosidad por él. Lo miraba con cariño, casi con ternura, pero no estaba seguro. No resultaba fácil leer emociones en un cuerpo sin vida.

El cadáver estaba afuera, del otro lado de la ventana, y él se preguntaba cómo había podido llegar hasta ahí, porque su habitación estaba en el tercer piso y no tenía ningún balcón. Y sin embargo el cadáver estaba ahí, mirándolo con cariño, con el rostro ladeado y la boca ligeramente abierta.

Y entonces, como una súbita realización, comprendió que debería sentir miedo. Tal vez debería llorar y llamar a sus padres, tal vez debería encender la luz de la habitación y cerrar las cortinas, pero no podía hacerlo. Al contrario, sintió la extraña necesidad de abrir la ventana para dejarlo entrar, porque era una noche fría y, seguramente, estando muerto se sentiría aún más frío.

Pero ni abrió la ventana ni llamó a sus padres. Se quedó ahí, inmóvil, con los pies descalzos y el pijama mal acomodado, mirando al cadáver blanco.

Comprendió entonces que no le tenía miedo a ese cuerpo sin vida, y por lo tanto tampoco le tenía miedo a la muerte. Y sería valiente cuando la mañana llegara y fueran al hospital para despedirse del hombre que estaba conectado a la máquina. Sería valiente cuando lo desconectaran y su corazón dejara de latir. Se convertiría en un cadáver, y los cadáveres no eran malos.

Comprendió eso y al mismo tiempo deseo poder abrir la ventana para dejarlo entrar, para darle una manta y tal vez invitarle una taza de chocolate caliente para que pudiera dejar de tener frío. Pero cuando se acercó a la ventana y estiró la mano para tocar el cristal el cadáver se movió. Negó muy lentamente con la cabeza.

Entonces se quedó ahí, mirándolo por un momento más, hasta que el cuerpo empezó a convertirse en polvo blanco que se fue perdiendo en la inmensidad de la noche.

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