Miedo al mar

Los mares siempre le habían atraído de una manera extraña. Le aterraban, era cierto, pero también deseaba con toda su alma fundirse con ellos en un mismo ser.

El océano le parecía sublime, eso era lo que ocurría en realidad. Lo sublime es aquello que por su misma naturaleza impone, atrae, exige respeto y admiración, y al mismo tiempo causa miedo. El océano era, por su inmensidad y belleza, la cosa más sublime que hubieran visto alguna vez esos ojos cafés como la tierra.

Desde que era una niña había sentido esa atracción y ese temor hacia el mar. Todo empezó aquel día que una mujer descalza corrió por las calles del pueblo pidiendo ayuda, el barco en el que viajaba había naufragado y unos pocos sobrevivientes se encontraban en la playa, entre la arena y los trozos de madera.

A ella no la dejaron ir a ayudar, era una niña y no había nada que pudiera hacer, pero no le importó y cuando nadie la miraba también corrió hacia la playa. Había sangre en la arena y un mar furioso amenazaba con destruir lo poco que aún quedaba del barco. Era un paisaje aterrador. Sublime.

Tiempo después volvió a ocurrir, por las calles del pueblo corrió el rumor de que el hijo más joven de los pescadores se había ahogado en las aguas agitadas de la noche anterior. El cuerpo no se encontró nunca.

Vivir tan cerca de una costa violenta hacía que ese tipo de situaciones fueran frecuentes. En más de una ocasión el mar enfurecido había robado la vida de algún habitante del pueblo, y con susurros temerosos les decían a los niños que no se acercaran, que el mar podía ser peligroso para ellos. Que había que tenerle miedo al mar.

Y a ella le aterraba, claro, pero también le encantaba la belleza de las aguas cuando el sol les robaba cegadores destellos, y le encantaba el olor que producía y la manera en que cantaba por las noches. Cuando creció no le resultó extraño darse cuenta un buen día de que se había enamorado de un marinero, de uno de esos hombres que arriesgaban día con día su vida al navegar por el océano.

«A veces no sé a quién quieres más, si a mí o al mar» solía decirle él con una sonrisa y una cálida mirada en sus ojos muy parecidos al color de las aguas tranquilas.

Ella le decía lo mismo, y entonces se daban cuenta de que el mar podía ser tanto el amante de uno como del otro, pero no lo era. El mar era una de las piezas que los conectaba, era una parte del lazo que los unía. Un amor compartido.

Él venía de tierras lejanas y aún tenía un acento curioso cuando hablaba, tenía la piel clara como la arena de la playa y los cabellos del color de los rayos del sol. Ella tenía piel morena y cabellos oscuros como el cielo nocturno. A él le gustaba escucharla cantar y a ella le gustaba escuchar historias sobre lugares distantes que nunca conocería. Porque aunque él se lo pedía, ella no se subiría nunca a un barco.

Amaba el mar, sí, pero el temor que le generaba hacía que prefiriera tener los pies bien puestos sobre la tierra. Desde ahí podía apreciar su belleza sin arriesgar su seguridad. Desde ahí se despedía agitando la mano con nostalgia cuando él tenía que partir, y desde ahí miraba al horizonte cuando esperaba a que volviera, y cuando lo hacía ella corría hasta la costa, se olvidaba por un momento del miedo que sentía y se mojaba las piernas y el vestido antes de que él la cargara y empezara a hablarle de todas las maravillas que había visto.

«Deberías venir conmigo» siempre le decía.

Y debió haberlo hecho.

Eso es lo que piensa ahora, los años han pasado y sabe que su barco no va a volver jamás, la tormenta no se lo regresará, las profundidades no lo dejarán escapar.

Se pregunta si sus ojos aún tendrán el color de las aguas tranquilas o si ya se habrán convertido en cavernas profundas y vacías.

Las aguas rugen al estrellarse contra las rocas, ahora llegan más lejos de lo que solían hacerlo. La gente del pueblo se marchó hace mucho, cuando las autoridades ordenaron la evacuación por culpa del huracán que se avecinaba.

El barco no debió dejar el puerto aquella vez, así como no lo hacen los barcos ahora. Él debió permanecer a su lado, besándole la nariz como le gustaba hacerlo. Pero a él el mar también lo seducía tanto como a ella, y ella sabe bien que no hay fuerza en la tierra que le permita a un amante del mar resistirse a su llamado.

Los años pasaron, la piel se volvió áspera y el cabello oscuro pasó a ser del color de la luna. Se pregunta cómo se hubiera visto la sonrisa de ese hombre extranjero si aún viviera, si su piel también se hubiera arrugado. Se pregunta si el mar hizo que sus labios se volvieran pálidos.

La lluvia golpea con fuerza, y el mar le responde con rugidos ensordecedores. Se estremece a causa del frío y se frota los brazos, tratando de imaginar que es él quien intenta consolarla como solía hacerlo cuando los relámpagos de las tormentas no la dejaban dormir.

Está en la costa, con los pies sumergidos en el agua y en la arena. El agua lleva hasta ella un trozo de tela rasgada y un pez muerto, después los vuelve a alejar. Ella mira brevemente su reflejo en el agua y después se sobresalta cuando uno de los rugidos de las olas suena como su nombre. Levanta la mirada y puede ver a la tormenta aproximándose a ella. Sus huesos viejos ya no le permitirían escapar si quisiera hacerlo, y de cualquier manera en realidad no quiere hacerlo.

Necesita superar el miedo que le tiene al mar.

Cierra los ojos y da un paso, luchando contra la fuerza del agua que la empuja. El mar vuelve a rugir su nombre y cuando abre los ojos su corazón se acelera. El barco volvió y es ese hombre de piel clara y acento curioso quien la está llamando.

Ella corre como solía hacerlo antes, porque de pronto sus piernas no están viejas y cansadas y el cabello que revolotea a su alrededor vuelve a ser el de esa joven que alguna vez fue. Él baja del barco y la abraza expresándole lo mucho que la ha extrañado, lo mucho que ha pensado en volver a estrecharla entre sus brazos.

Y eso es lo que ella siente y lo que ella ve, a pesar de que desde cualquier otra perspectiva sólo es una mujer vieja que camina hacia la tormenta en vez de alejarse. Cuando las olas se vuelven más altas y las aguas se agitan con mayor fuerza cubren todo con un color gris y no queda rastro de ningún ser vivo en la playa.

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