Soñé con el fin del mundo

Soñé con el fin del mundo.

No es un tema frecuente, pero tampoco es la primera vez.

Estaba en la parte más alta de un edificio enorme. El cielo era gris y el viento era muy frío, y desde ahí miraba hacia la costa.

Las olas eran enormes, eran terriblemente imponentes, me hacían sentir más pequeña que nunca. Estaba indefensa.

La destrucción de todo era inminente, ni siquiera tenía caso intentar buscar un escondite. Yo no podía moverme, sólo estaba ahí, mirando, contemplando con una mezcla de miedo y aceptación la manera en que las olas superaban el límite de la playa y empezaban a avanzar hacia la ciudad, destrozándolo todo. Nadie podría escapar.

Miré hacia abajo, alguien que me importaba estaba abajo. Sabía que el agua ya se lo había llevado, que jamás lo volvería a ver, que se había ido para siempre.

Aunque el “para siempre” sólo durara unos cuantos minutos más.

El profundo terror paralizó mi respiración. El rugir de las olas se convertía en un estruendo ensordecedor. Eran rápidas, no tardarían en llegar hasta mí. Era real, ese era el final, el último momento, la última experiencia. La última reflexión.

Nunca antes había sentido un miedo tan abrumador, tan sublime y tan puro. Una ausencia tan absoluta de esperanza que sólo dejaba lugar a la aceptación y a la espera.

La mujer que me acompañaba se dio la vuelta y regresó al interior del edificio. La miré, sabía que esa era la última vez que podría mirarla. Iba a morir, yo también iba a morir, ni siquiera tenía caso intentar detenerla. No pude decirle una última palabra.

Estaba plenamente consciente de que ese era el fin del mundo. El fin de todo.

Y por estar en uno de los edificios más altos, sabía que sería una de las últimas en morir. No era ni un alivio ni una carga, era simplemente un hecho.

Estaba sola, mirando de frente a las inmensas olas, sabiendo que era cuestión de tiempo para que su fuerza impactara contra mi cuerpo, destruyéndolo. No tenía caso llorar, tampoco podía hacerlo, sólo podía estar ahí, con la respiración entrecortada, sabiendo que los cadáveres de todas las personas que había conocido durante mi vida se acumulaban en el agua, mirando como toda la ciudad iba desapareciendo.

Sabía que lo extrañaría, lo extrañaría todo. Cada maldito segundo se había ido por completo para nunca más volver.

Sólo tenía que aceptarlo.

Sólo tenía que esperarlo.

Permanecer de frente a las olas, mirarlas hasta que ya no pudiera mirar nada más.

Mirarlas hasta que verdaderamente fuera el final.

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