Montreal

Extraño lo que nunca tuve, lo que siempre esperé.

Los días en Montreal se pasaban lentos, en una perfecta calma que la vida actual jamás me permitiría. Extraño los columpios en el parque, los días de clases canceladas por las tormentas y las notas de papel que viajaban de mano en mano, entre risas nerviosas.

En aquellos tiempos tenías un gato blanco con orejas muy rosadas, pero ya no recuerdo su nombre. Tenías una colección de muñecas que yo siempre quise y con las que solíamos jugar después de la escuela. Tenías también un escondite en el jardín trasero de tu casa, al que me llevabas cuando no querías que tus hermanos nos molestaran. No era más que un montón de maderas viejas y pedazos de cartón sobre los que habíamos dibujado flores, no era nada que pudiera protegernos, pero de algún modo nos hacía sentir seguras.

Crecíamos juntas, a pasos suaves. Incienso y hojas de té. Una casa demasiado grande para recorrerla con los pies descalzos. Noches de palomitas y helados, y pequeñas acciones que se convertirían en algo más grande, en algo que al principio parecía aterrador. Algo difícil de entender para dos niñas perdidas que no sabían qué más hacer.

Pero no importaba, porque con las manos entrelazadas juramos que no nos alejaríamos nunca.

Y claro, las promesas se rompen y el tiempo pasa, y tú y yo jamás volvimos a vernos. Jamás nos miramos, jamás fuimos nada. Y si algún día nos encontramos, espero que podamos reconocernos.

Porque no estuviste a mi lado en Montreal, no crecimos juntas, no había escondites secretos ni flores en tu cabello. Yo te extraño sin saber tu nombre, sin saber cómo luce tu rostro, porque Montreal fue amable, pero la realidad no. La realidad fue dura y dolorosa, y perdí todos esos años intentando comprender qué era lo que estaba mal conmigo. Sola, siendo demasiado poco y esperando mucho, años que no podré recuperar nunca.

Quizás tu hiciste lo mismo en otro lugar del mundo.

Quizás nos conozcamos algún día, en alguna de las elegantes calles de Outremont. Tal vez, si somos pacientes, podamos recuperar un poco del tiempo perdido, tal vez podamos volver a soñar como lo hacíamos antes. Tal vez algún día pueda entregarte una de las tantas cartas que guardo en la mesita de noche, en las que recuerdo los días en los que corríamos felices, con vestidos de verano, esperando por los días en los que el mundo fuera más que solo los parques de Montreal.

 

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