Conversaciones con Julia

Era el año 1992 y yo estaba enamorada.

Julia era hermosa, tenía el cabello muy negro y sabía mucho sobre deportes. Copas, torneos, mundiales, no importaba de qué, ella siempre estaba al tanto de las novedades.

Me encantaba Julia, me gustaba absolutamente todo de ella, y aún así me tomó un tiempo aceptar que estaba enamorada. Es difícil diferenciar entre lo platónico y lo romántico, al menos para mí, y las conversaciones que tenía con Julia siempre me hacían dudar sobre lo que sentía.

Claro, no voy a negar que soñaba con tenerla en mis brazos, pero tampoco era una necesidad, ¿sabes? En el fondo, lo que sí era una necesidad, es que anhelaba ser parte de su vida, de una u otra forma. Muchas veces quise hacerle la típica pregunta: «¿qué somos?», pero no esperando que correspondiera mis sentimientos, si no sólo para confirmar que yo tenía un lugar en sus relaciones. Somos amigas, somos compañeras, somos amantes, somos sólo conocidas…

Julia era una mujer inteligente, por eso me gustaba pasar tiempo con ella platicando de cualquier cosa, incluso de deportes aunque yo no los entendiera. Nuestras ideas se alineaban a menudo, y cuando no, los debates suponían un verdadero reto intelectual que me dejaba exhausta, pero totalmente satisfecha. Creo que, de cierta manera, esa era una forma de hacer el amor con ella. Escucha a Julia por tres horas y no hay manera de que no termines a sus pies.

Julia, Julia, Julia…

Las conversaciones con ella me mostraban lo grande que era su mundo y me recordaban lo pequeño que era el mío. Quizás por eso para mí era importante tener un lugar en su vida, porque ella ya ocupaba un lugar importante en mis pequeñas relaciones, pero ella, conociendo a tantas personas, tal vez no tenía tiempo para detenerse a pensar qué lugar ocupaba la chica con la que hablaba dos veces a la semana al final de las clases de teatro. Ahí estaba el desequilibrio, de ahí venía la frustración, ahí surgían los celos que yo le tenía a todas las personas que sí tenían un lugar claro en su vida.

Julia, ven, baila conmigo hasta que no quede nadie.

Con el tiempo, las conversaciones con Julia ya sólo ocurrían en mi mente. Tenía tantas historias que quería contarle, tantas cosas que había aprendido y que quería compartir con ella, tantos lugares que había visitado… Sabía qué cosas diría ella, sabía qué preguntaría y tenía preparadas todas las respuestas que le daría. En mi mente, las conversaciones con Julia eran igual de largas e interesantes, se sentían muy reales, me hacían mantenerla presente. Pero al final la realidad volvía, era un golpe duro, la silla estaba vacía y las conversaciones con Julia habían terminado ya.

Y ahora, décadas después, me pregunto en dónde estará ella. ¿Con quién hablas ahora, Julia? ¿Qué cosas has descubierto ya?

Ahora tengo conversaciones con otras personas, a veces les hablo sobre cosas que conocí gracias a ti. Y tal vez ellos hablen de esas cosas con otras personas, con otros nombres y en otros sitios. Tal vez incluso en otros idiomas y en otros tiempos.

¿Sabes? creo que nuestras conversaciones nunca terminaron, sólo viajaron a otros labios. Nuestras conversaciones aún van por ahí, de cerveza en cerveza y de parque en parque, y tal vez algún día nos vuelvan a encontrar.

Julia, qué maravillosa mujer…

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