Amigos de la infancia

Aquella fue una noche de febrero. Caminábamos juntos hacia la parada de taxis más cercana cuando me di cuenta de que me había quedado sin pila. Ofreciste prestarme tu celular, pero no recordaba el número.

Hacía frío, fuiste amable y me diste tu suéter. Caminamos buscando una tienda en donde pudiera comprar un cargador. Estaba mareada y todo era un poco gracioso. Tú también te reías, posiblemente de mí y de las cosas absurdas que te contaba y no de la situación desafortunada en la que estábamos. Dijiste que eso me pasaba por ser tan distraída.

Y yo sólo luchaba por no ceder ante uno de esos pensamientos raros. Detenerme a la mitad de la calle cuando un auto se aproximara, sentarme en el suelo y llorar, hablarte de la carta de siete páginas que guardo debajo de mi ropa, contarte que decidí vivir sólo tres años más con la opción de ampliar el plazo si al final las cosas no salían tan mal…

Ahí estabas tú, entrando a la tienda y explicando el modelo de cargador que buscábamos, hablando por mí porque yo estaba muy cansada y muy ansiosa para hacerlo, y porque sabes que me cuesta hablar con los desconocidos, y aunque siempre me regañas por eso, al final me ayudas cuando lo necesito.

Por eso es tan fácil confiar en ti.

Eso también complica un poco las cosas. Me cuesta encontrar el límite entre lo platónico y lo romántico, no estoy enamorada pero quizás podría llegar a estarlo si dejara de frenarme. Jamás tendría la iniciativa, pero te diría que sí, sin dudarlo, si me hicieras la pregunta correcta.

El cargador sigue sin aparecer y las calles están cada vez más vacías. Es tarde, tendría que haber llegado hace horas pero sigo aquí, caminando junto a ti y riendo de cosas estúpidas. Me siento segura a tu lado, me siento escuchada, y muero por contarte todos mis secretos sólo para que puedas conocerme un poco mejor. Esta soy yo, esta es mi versión real, la más frágil y la más fuerte. Esto es quien soy cuando nadie me mira, esto es lo que soy por mí misma, quiero que lo conozcas, quiero que me mires, quiero que me sientas.

¿Qué hay de mágico en un par de cervezas, un cargador perdido y un suéter azul? No lo entiendo.

Buscamos otra tienda, me hablas de los planes que tienes para el próximo fin de semana, me enseñas una foto de tu perro con un disfraz de abeja, me ofreces un cigarro y luego un poco de fuego. Yo te cuento cosas triviales y dices que no, que nunca has viajado a Ámsterdam y no te interesa hacerlo, que si se trata de Europa, prefieres Budapest.

Yo sé cosas sobre países, lo estudié por cinco años, tengo cientos de datos curiosos bajo la manga. Te cuento los mejores, te sorprendes un poco, te ríes también. Encontramos otra tienda y esta vez tienen el modelo correcto. Nos dejarán cargar el teléfono ahí, le sonríes al cajero cuando dice que no nos cobrará algo extra.

Puedo ver lo desaliñada que me veo en esa luz blanca. Está bien, es normal, ha sido una noche larga. Quince minutos más tarde estaré en un taxi de regreso a casa y dejaré de fastidiarte. El final del cuento.

Dices que no soy un fastidio. Te creo un poco.

Eres el único que podría entenderlo todo sin mirarme diferente. Me conoces desde que era una niña, sabes de dónde vienen las ideas raras. Y aunque sé que lo entenderías, decido callarme para no perderte.

Recordaré esta noche para siempre aunque no haya pasado nada. Nunca lo hizo, nunca lo hará. Para eso están los amigos de la infancia, para hacerte cuestionar el cómo es que alguien te ha visto crecer durante años y no tiene ni idea de lo que pasa por tu mente cuando estás con él.

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