Por los viejos tiempos

Lucy pasó varios minutos frente al espejo, arreglando su maquillaje y acomodando su cabello. En realidad, solo estaba haciendo tiempo, quería retrasar el inminente encuentro lo más que pudiera, pero después de peinarse y despeinarse tres veces, aceptó que era tiempo de partir.

El viaje en el taxi fue corto, apenas un par de minutos y ya se encontraba sentada frente a una elegante mesa en un restaurante caro. Lucy estaba segura de que, de alguna manera, el tiempo funcionaba de una manera distinta ahí. Cada segundo era increíblemente eterno y terriblemente abrumador, así debían sentirse los momentos previos a cambiar totalmente la dirección de su vida.

Una copa de vino después y tras frenar varias veces el impulso de salir corriendo de ahí, finalmente ocurrió. Escuchó sus pasos aproximándose a la mesa y trató de acomodarse el cabello una última vez, pero se detuvo a medio gesto.

―Lucy, disculpa la demora. No podía encontrar mi tarjeta por ningún lado.

Ahí estaba Angela, igual de atractiva que siempre. Llevaba el cabello recogido en una coleta alta y, al igual que Lucy, usaba un elegante vestido verde.

―No te preocupes, también acabo de llegar ―respondió Lucy, y se preguntó cómo era posible que esas fueran las primeras palabras que intercambiaran tras diez largos años sin verse.

Angela se sentó e inmediatamente un mesero se acercó para hablar de platillos elegantes y botellas caras. Lucy no pudo poner atención a nada, su mente ya estaba imaginando todos los posibles escenarios en los que podría terminar la velada y la mayoría de ellos no eran nada alentadores. Suspiró, ¿qué demonios estaba haciendo ahí?

De pronto se sintió ridícula. La situación era ridícula. Todo era ridículo. Los sueños de la infancia son eso, sueños, y ya era muy tarde para intentar hacer algo al respecto.

― ¿Lo mismo para ti, Lu? ―preguntó Angela, obligándola a volver a la realidad. Lucy asintió y sonrió, como si supiera a qué se refería aquella pregunta.

Pero varios minutos después y gracias a la magia del alcohol, la mayoría de las preocupaciones ya se habían ido. Sí, era cierto que habían pasado diez años desde la última vez que vio a Angela, y sí, también era cierto que esa última vez las cosas habían terminado muy mal, pero, sobre todo, lo más cierto era que Angela era la persona en quien más podía confiar. Angela lo sabía todo de ella, y los buenos tiempos habían sido realmente buenos. Ahí estaba la oportunidad, tenían que tomarla, era el momento de hacerlo si querían vengarse por lo que habían perdido.

Gracias también al alcohol, Angela reía mientras le contaba una estúpida anécdota sobre un estúpido ex, y de pronto era como si el tiempo jamás hubiera pasado y la distancia jamás las hubiera llevado por caminos tan distintos. Eran las mismas niñas raras que se habían conocido en el coro de la escuela y que, por años, fueron inseparables a pesar de las tragedias.

Si todo salía bien, y Angela aceptaba, cumplirían uno de esos locos sueños de la infancia. Y quizás, solo quizás, podrían volver a ser amigas.

Y quizás, solo quizás…

― Lu, ¿me escuchaste?

―Angie, tengo que preguntarte algo muy importante.

La sonrisa de Angela desapareció. Apretó los labios y bajó la mirada. Parecía que estaba a punto de decir algo, pero Lucy decidió seguir hablando. Respiró profundo y soltó esa difícil pregunta antes de que los nervios la obligaran a retractarse:

― ¿Quieres matar al presidente?

Ahí estaba, lo había dicho. Lucy sentía la adrenalina corriendo por su cuerpo como si ya estuviera lista para cometer el asesinato. Angela, en cambio, parecía profundamente confundida.

― ¿Qué dijiste?

―Matar al presidente ―repitió Lucy, ansiosa―. Mañana tendrá una reunión aquí, a esta hora. Habrá mucha seguridad y es muy repentino, lo sé, pero ¿no te mueres de ganas de hacerlo? ¿Te acuerdas de todas las veces que lo planeamos?

Angela rio, un tanto nerviosa y otro tanto incrédula.

―Lu, éramos niñas ―dijo, inclinándose un poco hacia enfrente y susurrando―. No podemos simplemente matar al presidente.

― ¿Por qué no? Los motivos no nos faltan, jamás encontraron los cuerpos de tus hermanos ni el de mi padre. Y sí, éramos niñas cuando planeábamos hacerlo, pero también éramos niñas cuando él los mató…

Las dos permanecieron en silencio. Lucy miraba a Angela, a la expectativa, mientras que Angela se bebía de un solo trago todo el vino que quedaba en su copa.

―Prometimos que lo haríamos ―insistió Lucy.

―Prometimos muchas cosas ―asintió Angela―, pero eran ideas absurdas. Prometimos que nos iríamos a vivir a Londres, y no pasó, prometimos que íbamos a casarnos y vivir juntas para siempre en un castillo mágico, y tampoco pasó. Prometimos que íbamos a matar al presidente y…

― Y eso sí puede pasar ―insistió Lucy―. Angie, si hay algo que aun podamos hacer, es esto. Se los debemos, al menos hay que hacerlo por ellos. Yo sé que las cosas entre nosotras no salieron bien y que yo me equivoqué en mucho, pero si hay algo que aun puedas hacer por mí, es esto. Hay que intentarlo, ¿sí?

Angela cerró los ojos y negó con la cabeza, pero no dijo nada por un par de minutos. Después se sirvió más vino y finalmente habló.

―Es que, ¿Cómo podríamos hacer algo así? ¿El plan es matarlo y qué? ¿Vivir como prófugas de la justicia?

―Ya lo hemos sido antes ―señaló Lucy, haciendo que Angela volviera a reír―. Dime, Angie, ¿qué más podemos perder si él nos quitó lo que más queríamos?

Después de tanto tiempo, de tantos errores y problemas, no había mucho que perder. Lucy no sabía qué tanto había cambiado la vida de Angie en los últimos años, pero considerando la facilidad con la que la había encontrado, pensaba que no mucho. Después de los asesinatos, sus familias se destrozaron y todo lo que pudieron ser nunca ocurrió. Por eso el presidente tenía que morir, porque solo así podrían cerrar el ciclo, porque de esa manera podrían cumplir al menos uno de sus sueños de la infancia. Esa era la única inocencia que les quedaba, no tenían nada más que perder.

―Y… ―Angela suspiró― y si fuéramos a hacer algo así, ¿cómo?

Lucy asintió y tomó su bolso. Lo abrió y sacó de él un elegante sobre marrón.

―Yo nunca dejé de planearlo. Tengo una invitación.

Angela tomó el sobre y leyó la invitación con cuidado. Lucy se había esforzado durante los últimos diez años para hacerse un lugar en ese selecto círculo social, y no había pasado ni un solo día en el que no soñara con el momento en que pudiera reunirse con Angela e invitarla a hacer realidad lo que prometieron, siendo niñas asustadas, aquella tarde en la que les llevaron la terrible noticia.

―No pude darte el romance y la vida en un castillo, pero por ahora puedo ofrecerte la venganza y al menos un sueño cumplido. ¿Qué dices?

Con un movimiento lento, Angela dejó el sobre en la mesa y volvió a llenar las copas. Suspiró de nuevo, bebió el vino y asintió.

―Tengo una pistola.

Lucy sonrió, sintiéndose tan aliviada que sentía que podría soltarse a llorar.

―¿Entonces lo haremos? ¿Eso fue un sí?

―Es un sí ―respondió Angela, levantando su copa―. Vamos a matarlo, Lu, por los viejos tiempos.

―Por los viejos tiempos, Angie.

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