Mañanas Raras

Esa mañana fue rara.

La noche anterior también había sido rara, había llovido mucho y no pude dormir bien, así que culpé a la falta de descanso cuando, al entrar al baño para lavarme el rostro, mi reflejo en el espejo no se movió.

Lo miré fijamente, y el reflejo me miraba a mí. Quizás lo había imaginado…

Pero no, cuando volví a inclinarme hacia el chorro de agua, mi reflejo no se movió. Ella solo estaba ahí, mirándome con una expresión un tanto confusa.

Bien, recordé que algo similar ya me había pasado antes. Una vez, hace años, cuando aún era estudiante, tuve un ataque de pánico y un episodio de disociación que inició así, mirándome al espejo. La diferencia era que aquella vez no reconocí al rostro en el espejo.

Esta vez no tenía duda de que era yo, era mi reflejo, pero no estaba haciendo lo que un reflejo debería hacer. Moví la cabeza de un lado a otro para confirmar lo que pasaba, pero la otra yo permaneció inmóvil.

Tenía que ser el cansancio, sí, desde que me dieron el ascenso en el trabajo había estado durmiendo muy poco, y tras una mala noche de ruidosa lluvia, mi cerebro estaba imaginando cosas.

― Para ser una fan de las cosas paranormales, me estás fallando un poco.

Mi reflejo había hablado. Se había inclinado hacia mí y se había recargado en el marco del espejo, como si fuera una ventana. Ahora me miraba con algo de impaciencia.

― ¿Qué? ―fue lo único que se me ocurrió preguntar.

―Mira, no importa, no tenemos mucho tiempo y siempre llegamos al mismo punto ―dijo mi reflejo―. De este lado las cosas han estado un poco raras y si no hacemos algo al respecto, vas a morir mañana.

― ¿Qué? ―repetí, sorprendida. Definitivamente tenía que ser otra crisis por el estrés. Uno de esos escenarios catastróficos por los que a menudo me regañaba mi psicóloga.

― Da igual, morimos todo el tiempo ―respondió mi reflejo haciendo un gesto vago con la mano―. Lo importante no es que vayas a morir, o cómo va a pasar, porque al final de cuentas, eso no es lo que te da miedo, ¿verdad?

Negué con la cabeza, aun sin entender nada.

― Lo sé ―dijo ella―. Esa es una de las cosas raras sobre nosotras, ¿no? No te da miedo morir, ni te dan miedo los fantasmas, ni siquiera esta situación tan extraña te está dando miedo. Pero hemos llegado a sentir mucho miedo otras veces, un miedo de esos que hacen que te tiemblen los dientes y las piernas y que te duela el estómago.

―Es por la ansiedad ―le respondí, o me respondí a mí misma, no estaba segura.

―Como sea ―respondió ella―. Me refiero a ese miedo que te ha hecho ser la persona que eres ahora, y no en el buen sentido. Tú serías un poco más como yo si no tuvieras miedo.

Mi reflejo me miró, esperando mi respuesta, pero yo no supe qué hacer.

― ¿Cuál es tu más grande miedo? ―preguntó― Y esta vez no digas mentiras.

Era una buena pregunta, pero la respuesta vino inmediatamente a mi mente, como si ya hubiera estado preparada para tener esa conversación.

― El rechazo ―respondí―. El problema de siempre, el seguir siendo la niña rara a la que nadie entiende. El sentir que no pertenezco a ningún lugar, el que la gente se burle de mí, o se sienta decepcionada, o no quiera estar conmigo por alguna razón.

Ambas permanecimos en silencio por algunos segundos.

―Te voy a decir la verdad ―dijo ella―. Lo que te dije sobre que vas a morir mañana no es sólo una posibilidad, es un hecho, es lo que va a pasar. Emocionante, ¿no?

― Pues…

― Y si mañana es el último día que tienes para vivir ―continuó mi reflejo―, ¿no crees que sería bueno hacerlo como la persona que realmente eres? Piénsalo un poco, al final siempre vas a encontrar a personas a las que no les guste estar contigo, siempre vas a ser rara ante los ojos de alguien, siempre va a haber gente que te rechace, ¿Por qué tendrías que forzarte a ser otra persona si nunca los vas a complacer a todos?

Negué con la cabeza, no sabía que responder. Era algo que me había cuestionado ya, pero no era fácil de entender.

― Yo sólo quiero conectar con las personas ―le dije―. Ya viví muchos momentos en los que fui rechazada y no quiero volver a repetirlos.

― ¿Y entonces la mejor opción es mentir?

― Bueno, ¿qué importa? Si mañana voy a morir, da igual.

― En realidad te volví a mentir ―dijo mi reflejo, cambiando de posición y entrelazando sus dedos―. No vas a morir mañana.

― Bien.

― Estás muriendo ahora. Las dos estamos muriendo, para ser exactas. Te caíste al entrar al baño.

― Por supuesto que no.

― Por supuesto que sí. Mírala ―mi reflejo señaló hacia algún punto a mi izquierda.

Al darme la vuelta, pude ver un cuerpo en el suelo, con los ojos abiertos sin expresión. La sangre fluía desde mi cabeza por las grietas de los mosaicos hasta mezclarse con el agua.

Mi mente estaba acelerada. Tenía que ser una alucinación por tanto estrés, o tal vez era un sueño. No podía ser real, no había manera de que fuera real.

― Estamos muriendo ―dijo mi reflejo―. ¿Y sabes en qué es lo que estamos pensando ahora? Que nadie va a recordar a la verdadera tú, o a la verdadera yo, o a la verdadera ella. Fingimos ante todas las personas, y al final no dejamos que nadie nos conociera como en verdad somos, ¿por qué?

― Porque no quería que se fueran ―respondí sin dejar de mirar a nuestro cuerpo―. Me costó mucho hacer amigos, no quería ahuyentarlos y volver a estar sola.

― ¿Lo hubieran hecho? ¿Nos hubieran rechazado por no ser como ellos?

― No lo sé.

― Yo creo que no.

Volvimos a permanecer en silencio, esta vez por más tiempo. Quería arrodillarme al lado del cadáver y cerrarle los ojos, pero no podía moverme. Tampoco podía llorar. Era una sensación rara pero vagamente familiar.

― ¿Cuándo fue la primera vez que pasó? ―preguntó mi reflejo después de varios minutos― ¿Cuándo fue la primera vez que sentimos ese miedo?

― No estoy segura, creo que nos obligamos a olvidarlo. Éramos muy pequeñas y sólo queríamos tener amigos, como todos. Sólo queríamos ser como todos.

― Y no pudimos. Tuvimos que elegir entre ser reales o ser lo que los demás querían que fuéramos, y elegimos ese camino, porque nos ahorraba el dolor de seguir siendo rechazadas. Es entendible, no te juzgo, pero sabemos que no era eso lo que queríamos.

― ¿Por qué era tan difícil?

― No lo sé. Para la mayoría de la gente no lo es, ¿verdad?

Las dos suspiramos al decir que no.

― ¿Y qué sigue ahora? ―pregunté― Si estoy muerta…

― Bueno, esta es la parte interesante ―dijo mi reflejo, con un mejor ánimo―. Resulta que ese libro que leímos sobre el eterno retorno no está tan equivocado. Vamos a volver a hacer todo esto otra vez, y otra, y otra, y otra. Ya lo hemos hecho unas cien veces, pero nunca te permites dar las respuestas correctas.

― ¿Voy a reencarnar?

― Vamos a despertar ―me corregí a mí misma a través del espejo―. Recuerda que ayer llovió, dejaste la ventana del baño abierta, el suelo está resbaloso. No camines descalza.

― ¿Cómo?

― Ese es mi consejo, para ti y para ella. No camines descalza, trabaja un poco menos y sé un poco más real. Nadie va a irse, y los que se vayan es porque nunca merecieron estar.

― ¿Eso va a cambiar algo?

― Lo sabremos cuando vuelvas a despertar.

ₒ       ₒ       ₒ

Abrí los ojos.

Esa mañana fue rara.

La noche anterior también había sido rara, había llovido mucho y no pude dormir bien, así que culpé a la falta de descanso cuando, al entrar al baño para lavarme el rostro, estuve a punto de resbalar y caer en un pequeño charco de agua frente a la ventana. La había dejado abierta y el agua se había filtrado durante toda la noche.

― Hubiera sido una pésima forma de morir ―le dije a mi reflejo al entrar.

Mi reflejo, evidentemente, no respondió.

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