Princesas, sirenas y brujas

Hace tiempo, en un lejano bosque, vivía una bruja solitaria.

La bruja era conocida por muchas personas del reino cercano, por lo que de vez en cuando recibía visitas de personas desesperadas en busca de una solución para sus problemas. La bruja era amable y, si podía, ofrecía sus pócimas y encantos a cambio de unas pocas monedas. Ella no buscaba riquezas, en realidad sólo le daba a la gente lo que le pedían para que se fueran pronto y volvieran a dejarla tranquila.

No se podía decir que a la bruja le gustara la soledad, pero estaba tan acostumbrada a ella que cuando recibía visitas se sentía incómoda. No tenía tiempo para salir a caminar por el bosque, recolectar ingredientes mágicos, cazar, tejer, pintar o esculpir. Además, la gente que la visitaba siempre la miraba con cautela, casi con miedo, y eso la hacía sentir aún más incómoda, pero no había nada que pudiera hacer para evitarlo. No era una bruja horrible ni malvada, simplemente era solitaria, pero la gente no lo entendía.

Una tarde alguien tocó a la puerta de su cabaña mientras ella horneaba un pan. Con un suspiro de resignación se lavó las manos y abrió la puerta, en donde una hermosa joven esperaba. La joven vestía ropas elegantes, llevaba joyas brillantes y a sus pies reposaba una maleta con el escudo del reino. Era una princesa.

—Quiero escapar —le dijo ella cuando la invitó a pasar.

—¿Y quieres magia para hacerlo?

—No en realidad —respondió la princesa—. Sólo esperaba poder pasar la noche aquí, tomar un baño y cambiarme de ropa. Todos piensan que he partido hacia el reino vecino, a una fiesta, el viaje duraría cinco días, así que dentro de una semana me estarán buscando y espero estar lo más lejos posible. No quiero llamar la atención y tampoco quiero arriesgarme a pasar esta primera noche allá afuera, alguien podría verme y alertar al rey, y todos mis planes se arruinarían.

La bruja asintió, había muchas preguntas que podría hacer, pero no las hizo. La idea de pasar la noche en compañía de alguien más le parecía sumamente abrumadora, pero sentía que no podía decirle que no a alguien de la realeza, así que le dijo que sí, que era bienvenida, aunque en el fondo se sentía ansiosa.

La princesa hablaba mucho, mientras se aseaba y rebuscaba en el contenido de su maleta, le contaba a la bruja que había decidido abandonar el reino porque no podía seguir soportando las expectativas de sus padres, que no podía con la presión de ser comparada todo el tiempo, que era demasiado y ella solamente quería olvidarse de todo y conocer el mundo.

La bruja asentía y le daba la razón, aunque no le ponía mucha atención pues estaba hambrienta y el aroma del pan recién horneado cubría todo el ambiente. Al final, la princesa hizo una pausa que la bruja aprovechó para invitarla a cenar.

La bruja hubiera pensado que después de la cena cada una iría a dormir y no se necesitaría mayor interacción, pero estaba equivocada. La princesa estaba llena de energía y parecía fascinada con todos los objetos de la cabaña, no paraba de mirarlos y hacer preguntas. La bruja respondía, al principio un tanto cansada, pero después el entusiasmo de la princesa la contagió y, cuando se dio cuenta, ya pasaba de la media noche y las dos seguían sentadas frente a la chimenea, mirando los amuletos de cuarzo que ella cuidadosamente había tallado, incluso le regaló una pieza de citrino. La princesa parecía maravillada.

Había pasado mucho tiempo desde que había tenido una buena conversación como esa.

Cuando la mañana llegó y la princesa se preparó para seguir su camino, la bruja sintió un pequeño golpe de melancolía. Se había sentido bien tener con quien compartir el pan que horneaba y la mermelada que preparaba, se había sentido bien conversar con alguien a quien le parecía interesante lo que ella hacía y que no la miraba con desconfianza, como sus visitas regulares.

Así que, cuando la princesa le preguntó si podría acompañarla hasta la salida del bosque, no le costó mucho aceptar.

—¡Te lo agradezco tanto! ¡Estaré eternamente agradecida!

La bruja no sólo aceptó acompañarla hasta el final del bosque, si no que se ofreció a guiarla por un camino alterno, por el que llegaría a la costa de un pequeño pueblo en donde no correría ningún riesgo de ser descubierta. La bruja preparó su propia maleta y un par de horas después ya se encontraba recorriendo el bosque junto a la princesa.

Había sido una decisión espontánea y totalmente irracional, la bruja no podía explicarse por qué lo había hecho. Viajaría por un par de días junto a una mujer a la que apenas había conocido, ¿por qué? ¿Porque quería quedar bien con el reino? En realidad, si alguien descubría que había ayudado a la princesa a escapar se metería en problemas, grandes problemas. Entonces, ¿por qué lo hacía?

Tal vez porque le había gustado la compañía y quería que durara un poco más. Tal vez porque había algo en la princesa que la hacía sentirse menos rara, de alguna manera.

O tal vez porque, sin darse cuenta, había sido víctima del amor a primera vista.

Lo confirmó esa noche, cuando decidieron descansar en una cueva llena de musgo. La princesa encendió una fogata, se sentó junto a la bruja, tomó su mano y la estrechó con fuerza. Su piel era suave y cálida, y el corazón de la bruja se aceleró.

—Gracias, en verdad. No tenías que hacer todo esto por mí.

La bruja no pudo contenerse y la besó en los labios. La princesa correspondió.

Y ese fue el primer error de la bruja, enamorarse de una princesa que pronto se iría muy lejos de ella.

La princesa era atenta, le decía cosas tiernas, la tomaba de la mano y caminaba junto a ella con los dedos entrelazados. Le decía que podían visitar muchos lugares juntas, que la vida junto a ella sería hermosa. Le decía que la quería, que era verdad, que se preguntaba en dónde había estado durante toda su vida.

La princesa le contó muchos de sus secretos, le habló de la primera vez que le rompieron el corazón, le habló del fugaz romance que tuvo con un caballero de otro reino, le dijo cómo había terminado tan mal que ella pensaba que jamás podría volver a amar. Y la bruja escuchaba, sintiendo todo como si le hubiera pasado a ella misma, deseando haber estado ahí desde mucho tiempo antes, para protegerla. ¿Por qué alguien trataría mal a una mujer tan maravillosa como lo era la princesa?

La bruja también le compartió algunos de sus secretos, le cantó sus canciones mágicas y le recitó los poemas que había memorizado tiempo atrás, antes de ser bruja, cuando su vida eran las bibliotecas blancas de otro reino distante.

Pero claro, no todo era perfecto. La princesa había omitido el detalle de que alguien ya la esperaba del otro lado del mundo, porque su corazón ya tenía un dueño. El único defecto de la princesa era que no soportaba la soledad, odiaba escuchar sus propios pensamientos, así que siempre hablaba mucho, siempre buscaba con qué llenar los vacíos. Todo era temporal, por eso había un largo camino de corazones rotos detrás de ella, cosa que la bruja ignoraba por completo.

Cuando llegaron al pueblo pasaron un par de días investigando sobre los barcos que llegaban al puerto y hacia dónde iban. Vendieron algunas de las joyas de la princesa para tener monedas que ofrecer a los capitanes, la bruja intercambió algunos de sus talismanes por pieles y telas gruesas, pues el lugar hacia el que partirían sería frío y tenían que estar preparadas. La princesa no dejó de hablar del viaje como algo que harían las dos, no dejó de planear cosas ni de decirle lo mucho que la quería. La bruja estaba más feliz que nunca antes, y soñaba ya con los lugares que recorrería de la mano de su princesa.

Pero la mañana en la que el barco partiría trajo algo diferente. Mientras la bruja aún dormía, la princesa recogió todo y lo guardó en su maleta. Salió sola de la habitación y se marchó al puerto.

Cuando la bruja despertó y notó la ausencia de su princesa, se preocupó. Pensó que algo malo le había pasado, que quizá el rey la había encontrado y se la había llevado. Angustiada, con lágrimas en los ojos, salió a buscarla. Preguntó a los lugareños si la habían visto, y alguien le dijo que la vio en el puerto, esperando para abordar un barco. No podía ser.

La bruja fue a buscarla, esperando que no fuera cierto, pero ahí estaba. La princesa esperaba junto a un grupo de gente y desvío la mirada cuando vio a la bruja acercándose a ella.

—¿Qué pasa? ¿Por qué…?

—Escucha, es cierto lo que te dije, jamás dejaré de estar agradecida contigo. Sé que cometí un error al no decírtelo antes, pero yo amo a alguien que me está esperando. No podemos ir juntas, no estaría bien. Lo siento.

La bruja no podía comprender, apenas la noche anterior habían planeado todo lo que harían durante el viaje, habían dormido juntas, abrazadas, la princesa le había dicho que la quería. ¿Cómo era posible que hubiera alguien más? ¿Cómo podía haberle hecho creer que había un futuro para las dos?

¿Cómo había podido ser tan tonta?

Fue doloroso, terriblemente doloroso, tanto que incluso sentía que no podía respirar. Se sentía abandonada, ridícula por haber compartido ese lado de ella que nadie más había visto, pero más que nada se sentía triste por tener que decir adiós a la mujer que amaba, por que sí, la amaba. La amaba aunque la princesa no la amara a ella.

Se alejó antes de ver el barco partir.

Sin ninguna pertenencia y ninguna compañía, la bruja sabía que tenía que volver a casa, pero no sabía cómo hacerlo. Conocía el camino, sí, pero, ¿cómo podría volver a pisar esos caminos en los que planeo cientos de cosas sabiendo que nada había sido real?

Así que decidió pasar un tiempo en el pueblo. Utilizó los elementos que encontró a su alrededor para seguir practicando su magia, creó talismanes y amuletos, vendió sus hechizos y empezó a juntar monedas. Trataba de mantenerse ocupada para no pensar en la princesa, para no preguntarse si el barco ya había llegado a su destino, si ella ya estaba en los brazos de la persona a la que amaba, si aún conservaba el amuleto de citrino que le regaló en su cabaña.

Los días dieron paso a los meses, las estaciones cambiaron, la nieve llegó y se fue, y la bruja encontró consuelo en caminar por la playa y dibujar en la arena. Lanzó hechizos dibujando sigilos, invocó espíritus quemando ramas frente al mar, protegió su corazón usando la sal del agua e intentó olvidar contándole sus pesares al viento, pero sabía que la única magia que iba a sanarla era la del tiempo, así que tenía que esperar.

Y mientras esperaba, conoció a la sirena. Fue, quizás, la persona correcta en el momento incorrecto.

La sirena fue quien se acercó primero, lo hizo una tarde, mientras la bruja descansaba en una roca alta a orillas del mar. La sirena era hermosa, llevaba ropas azules y translúcidas a causa del agua. Le preguntó qué era lo que hacía en las tardes, ahí, en la playa, porque siempre la veía dando vueltas y escribiendo cosas en la arena.

La bruja le explicó que era una bruja, que lanzaba hechizos para sanar su corazón de un mal de amores, pero que no estaba teniendo mucha suerte. La sirena era amable, le dijo que si no le molestaba, ella podía acompañarla, que le gustaría pasar tiempo con ella. Y la bruja, que ya había olvidado lo cómoda que era su soledad, aceptó. Ese fue otro error, el no saber poner límites.

La bruja y la sirena se encontraron entonces cada tarde, veían el ocaso juntas y compartían historias sobre las cosas que habían vivido. La sirena había conocido muchos mundos mágicos que intrigaban a la bruja, así que escuchaba atenta cada una de sus palabras, pero ella no era buena para reciprocar, cuando era su turno de hablar, se quedaba en blanco. Había vivido sola mucho tiempo, no tenía historias interesantes, además se había acostumbrado a que, con la princesa, ella no tenía que hablar mucho, pues la princesa dominaba las conversaciones siempre. No podía comparar a la princesa y a la sirena, sabía que no era lo correcto, pero su mente siempre la llevaba a hacer eso.

Y no era que la bruja no sintiera ningún cariño por la sirena, pues sí lo sentía, era sólo que era un mal momento, que no sabía cómo expresarse sin temor a salir herida. Su silencio era apreciación a las historias de la sirena, no un rechazo.

Pero la sirena no lo sintió así, para ella eso era falta de interés, era desdén y falta de empatía. Su dolor era válido, la bruja lo sabía, por eso aceptó las duras palabras que recibió. Sabía que no podía pedirle tiempo, porque no era justo para ella. La sirena tenía grandes planes y grandes ideas, y ella no podía detenerla, no podía obligarla a permanecer en la costa cuando tenía todo el océano para explorar.

Así que se alejaron, sin quedar en buenos términos. La sirena no volvió a la playa y la bruja finalmente abandonó el pueblo para volver a su cabaña en el bosque.

Durante su camino pensó en todas esas personas que tuvieron su afecto en algún momento, las personas por las que sintió algo. Recordó al hechicero, amigo de la infancia, su primer amor y la persona que la llevó por el camino de la magia. Recordó al compañero de los tiempos de la biblioteca blanca, quien nunca correspondió sus sentimientos, la campesina que siempre le recomendaba libros, el joven del circo que era muy hábil lanzando cuchillos…

Después vino la larga soledad, la monotonía, posiblemente lo que hizo que la princesa doliera más que ninguna otra persona. La razón por la que fue difícil conectar con la sirena.

Volvería a casa, sola, y volvería a acostumbrarse a su soledad, si lo había hecho una vez podría volver a hacerlo. Seguiría siendo la bruja del bosque, sólo eso y nada más, y algún día sanaría, eso era lo único que necesitaba.

La bruja llegó a casa, encendió el fuego que por años se mantuvo apagado, preparó la masa para el pan, alistó las telas sobre las que pintaba, guardó ingredientes en frascos y puso ramas de plantas en el techo, para dejarlas secar. Eso era todo, eso era ella.

Estaría bien, no lo sabía, pero se daría cuenta de ello una noche, cuando el pensar en la princesa ya no causaría esa molesta opresión en el pecho. Quizás algún día podría disculparse con la sirena, quizás podría permitirse enamorarse de la doncella de piel pálida y labios rojos que tocaría su puerta durante una noche, buscando una cura para su maldición sangrienta. Quizás con ella las cosas finalmente saldrían bien, quizás sería la persona correcta en el momento correcto.

La bruja lo descubriría algún día, pero no ahora. Ahora sólo tenía que descansar, preparar el pan, moler las flores, sentir la tierra con los pies descalzos. Conectar con su magia, dormir, soñar…

6 comentarios sobre “Princesas, sirenas y brujas

      1. Wow, muchísimas gracias por la recomendación. Leí las sinopsis y quedé enganchada, ya pedí Las naranjas no son la única fruta, para empezar, espero recibirlo pronto porque suena muy interesante.

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      2. Acabo de leer la sinopsis y sí entiendo que es mejor leerlo en inglés para conservar al narrador «neutro», me interesó mucho cómo presenta un romance sin revelar mucho de la identidad del protagonista. Definitivamente lo compraré también, suena muy interesante 🙂

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