El Grito

La tarde se había pasado rápido, entre la música de la calle y las voces de todas las personas en la casa, Camila apenas había podido dormitar por unos minutos. Si quería pasar toda la noche despierta en la fiesta tendría que haber aprovechado y dormir en la tarde, pero con tanto ruido no lo había logrado. Con un bostezo se puso de pie y abrió el armario.

Si era honesta, no comprendía muy bien por qué a su familia le gustaba tanto celebrar las fiestas patrias. Sí, claro, era divertido y era un buen momento para tener una cena a lo grande con todos los primos, pero más allá de eso no veía la necesidad de tener que hacer una fiesta tan grande. Además, ¿no tendría más sentido festejar el final de la lucha por la independencia que el inicio de la misma?

Camila bostezó una vez más y se frotó los ojos tratando de despertar. Terminó de ponerse el vestido, se cepilló el cabello y lo trenzó con un par de listones que su abuelita, Mamá Cleo, le había regalado a ella y a todas sus primas unos años atrás.

La habitación se iluminó con luces de colores que entraron por la ventana, acompañadas de un fuerte estruendo. A Camila le gustaban los fuegos artificiales, pero no le gustaba que hicieran tanto ruido, porque además el ruido de las explosiones hacía que todos los perros de la calle se pusieran a ladrar, y eso era bastante molesto.

Justo mientras Camila pensaba en eso, su prima Ana se asomó por su puerta.

― ¿Nos vamos ya?

― ¿Tan temprano?

― Ya no es tan temprano ―respondió Ana, entrando a la habitación y aprovechando para mirarse en el espejo de Camila. Ana llevaba un vestido muy parecido al suyo, de brillante tela rosa con listones y encaje decorando la parte baja. También llevaba el cabello en dos largas trenzas.

― Son las ocho ―Camila señaló con la cabeza el reloj de la pared― El grito y las campanas son hasta las doce, ¿no?

―Pues sí ―respondió Ana, aun mirándose en el espejo y dando vueltas para hacer ondear su vestido―, pero ya debe haber música, y flanes, y todas las niñas de la escuela ya deben estar ahí.

Camila asintió. No le interesaban mucho los flanes, pero seguramente también habría elotes y esquites, y esos sí que se le antojaban.

―Bueno, vámonos ya.

Las dos niñas bajaron las escaleras dando saltitos y cuidando de no tropezar con la tela de los vestidos. En la planta baja había aún más ruido, toda la familia iba de un lado a otro preparando los últimos toques para la fiesta, colgando las ultimas banderas en las paredes y partiendo los últimos limones para la comida.

Como todos los años, la tradición familiar era preparar una gran cena con los platillos favoritos de todos: pozole, quesadillas, tostadas, pambazos y tacos, además de aguas de jaimaica y horchata para los niños, pues para los adultos llevaban botellas y botellas de tequila. Camila lo había probado una vez junto con sus primos, y Mamá Cleo les había dado el regaño de sus vidas, un regaño tan grande que a Camila no le quedaban ganas de volver a intentar tomar tequila, ni siquiera cuando fuera mayor y pudiera hacerlo sin permiso.

― ¿A dónde? ―preguntó el tío Pedro cuando pasaron al lado de él.

― Ya nos vamos a la plaza ―respondió Ana―. Ya es hora.

― ¿Ya es hora? ―el tío Pedro dejó en la mesa los refrescos que llevaba y miró su reloj― Pues mejor nos vamos todos más tarde, ¿no? Mejor ahorita ayúdenle a sus mamás.

―Que les ayude Ernesto ―respondió Ana, tomando de la mano a Camila y escapándose de las palabras de su tío. Camila estaba de acuerdo, que les ayudara Ernesto, su hermano, él nunca hacia nada. ¿Por qué siempre eran ellas las que tenían que ayudar mientras él podía irse a jugar?

Atravesaron el patio, en donde habían armado dos mesas que ya estaban llenas de platos, vasos, botellas y dulces. También había dos bocinas muy grandes de las que salía la música: canciones regionales que debían bailarse con esos bonitos vestidos ondeantes que llevaban puestos.

En la calle los perros seguían ladrando y las luces seguían explotando en el cielo. Camila y Ana caminaron hacia el final de la calle y de ahí siguieron hacia la izquierda, en dirección a la plaza. El pueblo era muy pequeño y por suerte nunca tenían que caminar mucho para llegar a ningún lado.

―Esta parte no me gusta ―dijo Camila mientras pasaban frente al cementerio. No entendía a quién se le había ocurrido que la plaza estuviera justo a un lado del cementerio.

―No pasa nada ―dijo Ana tratando de parecer valiente, pero acelerando el paso.

―En la escuela dijeron que aquí hay unos soldados que murieron en la independencia ―dijo Camila, recordando sus clases.

― ¿Quiénes?

―No sé ―Camila se encogió de hombros―. Ignacio.

― ¿Quién es Ignacio?

― No sé.

La plaza estaba ya llena de gente. En el escenario principal, el del quiosco, un grupo de mariachis de traje verde tocaba su música, y alrededor la gente bailaba moviendo sus vestidos y sombreros. El ambiente olía a una especie de mezcla entre pólvora, comida y algo dulce.

Más allá del quiosco, en el edificio viejo, habían colgado banderas y otros adornos con forma de águilas y serpientes en todas las ventanas. Desde una de esas ventanas, cada año, el presidente del pueblo se asomaba y gritaba los nombres de personas importantes, y después alguien, del otro lado de la plaza, tocaba las campanas de la iglesia. Camila pensaba que quizás sería mejor si el presidente tuviera una campana en esa ventana. Si alguna vez ella se convertía en presidenta, sin duda pediría que pusieran una gran campana ahí.

Varios minutos más tarde se encontraron con sus primas mayores, Pamela y Mariana, a quienes convencieron de que les compraran un flan y un elote a cambio de que las dejaran a solas con sus novios. Después se encontraron al tío Pedro y les dijo que no comieran mucho o después del grito, de regreso en la casa, no iban a querer cenar.

Cuando la media noche llegó, la música bajo y la gente se reunió en torno al edificio viejo, esperando a que el presidente saliera por la ventana. El presidente era un hombre gracioso, o eso pensaba Camila, era bajito y regordete, y tenía un bigote muy grande, seguramente como el que algún soldado de la independencia llevaba. ¿O eran esos los de la revolución? Camila no estaba muy segura, pero en ese momento no importaba, porque el presidente ya estaba gritando, y la gente le respondía.

― ¡Vivan los héroes que nos dieron patria y libertad!

― ¡Vivan!

― ¡Viva Morelos!

― ¡Viva!

― ¡Viva Allende!

― ¡Viva!

― ¡Viva Hidalgo!

― ¡Viva!

― ¡Viva la independencia nacional!

― ¡Viva!

― ¡Viva México!

― ¡Viva!

Camila gritaba junto a su prima, ahora preguntándose cuantas veces tendría que gritar la palabra viva.

― ¡Viva México!

― ¡Viva!

Tras el séptimo viva, la atención de Camila ya se había desviado a unos ruidos extraños que parecían venir del otro lado de la plaza. ¿Era música? ¿O eran los perros ladrando?

― ¡Viva México!

― ¡Viva!

Camila miró hacia atrás, pero la gente no la dejaba ver. Escuchaba algo, parecían otros gritos, ¿o rugidos? Sonaba como cuando Mamá Cleo roncaba muy fuerte en las noches.

― ¡VIVA MEXICO!

― ¡VIVA!

En ese preciso momento la gente gritó, pero no gritaron un último viva, gritaban porque estaban asustados. Las campanas de la iglesia sonaron al mismo tiempo que la gente se daba la vuelta para mirar al otro lado de la plaza, hacia el lugar desde el cual aquel ultimo viva había provenido.

Ana tomo de la mano a Camila y tiró de ella para abrirse paso entre la gente. Camila se recogió el vestido para poder correr.

Cuando la gente se dispersó, finalmente pudo ver lo que ocurría.

Eran cinco o seis, todos usando lo que parecían haber sido, en otros tiempos, elegantes uniformes militares. Claro, el tiempo y la tierra habían deteriorado las telas al punto que ya sólo eran unos cuantos jirones. Los rostros, completamente cadavéricos, tenían las miradas perdidas y un color pálido.

Camila se llevó las manos a la boca para intentar reprimir un grito.

Los cadáveres avanzaron, a pasos lentos, y levantaron sus puños como si sus cuerpos aun fueran totalmente funcionales. Sus gargantas, expuestas y sin carne, siguieron repitiendo el grito.

― ¡Viva México!

― ¡Viva!

― ¡Viva México!

― ¡Viva!

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