Doce años

Mirando hacia atrás, ahora puedo notar todos los detalles que entonces pasé por alto, pero no recuerdo qué fue lo que me hizo finalmente plantearme esa posibilidad.

Sé que, en un inicio, no se sintió nada bien. Fue como baño en agua helada y un golpe al estómago. Fue un poco aterrador.

Siempre me concebí a mí misma a partir de mis diferencias. Creo que estaba tan sola que mi único deseo era encajar, porque en mi mente infantil esa era la solución, si hacía lo mismo que todos, tendría amigos, como todos. El problema es que nunca puede traicinonarme a mí misma, y ahora lo agradezco, pero en aquel entonces eso creó una gran contradicción. El deseo de de ser como los demás sin dejar de ser yo.

Sé que, en realidad, no existe un «como todos», porque en mayor o menor medida todos somos distintos. Con doce años esa idea no estaba tan clara, lo que era un hecho era lo que escuchaba, y lo que escuchaba es que era rara. Tal vez por las cosas de las que hablaba, tal vez por la ropa que usaba. Fuera lo que fuera, yo no creía realmente ser rara.

Hasta que descubrí esa diferencia.

Lo descubrí a los doce, pero lo acepté hasta los diecinueve. Pasé siete años tratando de convencerme de que no había nada diferente, que seguro todos pensaban así, que era una elección.

Sabía que existían otras personas como yo, pero nunca las había visto hasta que, a los trece, en una feria, las vi. Dos chicas sentadas en el carrito de enfrente, primero tomadas de la mano y después besándose. Así que en verdad era posible, así que era real.

Mi conflicto no era que estuviera «mal», es que fuera «diferente». Y yo ya tenía bastantes diferencias con mis cortes de cabello asimétricos y mis pantalones con una sola pierna, con mis libros en la lonchera y los espacios vacíos que siempre habían a mi alrededor.

Insisto, no era rara, sólo estaba sola.

Pero, ¿el querer estar con una mujer siendo yo mujer? Eso sí era raro. Eso confirmaba lo que todos me decían, que era rara.

¿Y cómo podía dejar de serlo? Bueno, tratar de ignorarlo por siete años no fue la solución.

Recuerdo el día que finalmente lo acepté. Estaba acostada en mi cama, mirando al techo, acababa de despertar, y me dije a mi misma «bueno, y si a nadie le importará, ¿estarías con ella?». La respuesta inmediata fue un sí, seguido de un gran alivio.

Claro que por un par de meses más seguí tratando de convencerme de que sólo era algo físico, que jamás pasaría a lo sentimental. Obviamente estaba muy equivocada, pero no lo sabía.

Prueba y error. No se trataba de «experimentar», se trataba de ser libre de mis propios pensamientos.

Ahora que la gente habla de «inclusión forzada» yo sólo puedo recordar a la niña asustada de doce años que acaba de descubrir algo muy grande y muy complejo sobre sí misma y que no tiene ni una sola referencia para tratar de entenderlo. Si piensas que es forzado, no es para ti, es para que otras niñas de doce años no tengan que pasar una parte de su vida tratando de «corregir» algo que no se puede cambiar.

No es una «agenda» no es un ataque contra tus «valores». Se trata sólo de mostrar algo que existe, algo que siempre ha estado y que ya está harto de tener que vivir oculto como si fuera algo que no mereciera ser visto.

Y no dejaré de hablar de ello porque me obligué a callarlo durante un tercio de mi vida.

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