El Diablo

Quería sentirlo dentro de mí, rompiendo los tejidos y quebrando mis huesos.

Era fácil pensarlo al estar bailando bajo la luz roja que acentuaba sus facciones, era aún más fácil desearlo después de poner una pequeña cara sonriente en la punta de mi lengua. El diablo tenía ojos negros que reflejaban los colores de la música. Eran sonidos huecos y profundos que ponían en trance a todas las personas en la habitación.

Habían sido mentiras todas esas cosas que había escuchado, el diablo no estaba en las ideas que cuestionaban los dogmas, tampoco en el violento acto de rebeldía que implicaba usar una falda demasiado corta. El diablo tampoco estaba afuera de la iglesia, esperando cualquier desliz para llevarme al infierno. 

El diablo estaba ahí, en la habitación roja, bailando sin mirarme.

Y yo estaba dispuesta a correr el riesgo, a sentir la experiencia de la posesión y el exorcismo, el debate y el sacrilegio. Esperaba las palabras que supuestamente debía escuchar. Por mi culpa, por mi culpa, por mi grande culpa. 

Has sido mala, ¿quién eres tú para cuestionar el mandato divino? ¿Quién eres tú para creer que puedes entender la respuesta a todo lo que preguntas?

Pero sus palabras fueron distintas. Sulfuro y cereza, apenas una sonrisa. Era como si me hubiera estado esperando, sabía qué era lo que iba a pedirle: salvación, la gloria eterna, una muerte pequeña. 

Has sido una chica buena.

Su mano derecha en mi cintura, la izquierda yendo de inmediato por debajo de mi falda, sin titubeos. Descarga eléctrica y escalofríos ardientes, dos segundos después sus dedos entraron sin que sus ojos se despegaran de los míos, abismos totales. Yo estaba lista, lo había estado esperando toda una vida. 

Muy buena.

¿Y si alguien nos mira?

¿Qué podrían hacer esas miradas que no hayan hecho ya? ¿Juzgar? ¿Desaprobar? ¿Despreciar? 

¿No estás acostumbrada ya? 

―Deja que te escuchen ―susurró a mi oído, acercándose y llevando sus dedos más adentro con un movimiento casi agresivo―. Te han obligado a estar callada por mucho tiempo. Deja que te escuchen. 

Dejó caer su peso sobre mí, haciéndome chocar contra la barra y tirando algunos vasos. Su respiración gutural en mi cuello, sus dedos entrando y saliendo, siguiendo el ritmo de la música, su pulgar moviéndose en círculos sobre la parte más sensible. No estaba siendo discreto, pero yo apretaba los labios obligándome a no producir ningún sonido para no evidenciarme aún más frente a todos. 

―Deja que te escuchen ―dijo como un gruñido, aumentando la velocidad con la que sus dedos jugaban conmigo―. Deja que escuchen tu voz.

No era una orden, pero respondí como si lo fuera. Como si una parte de mí deseara la atención que intentaba evitar. Gemí su nombre, juré en el nombre de Dios que no quería que parara, que me hiciera suya, ahí, en la luz roja y con la música grave, frente a las miradas de todos aquellos que jamás pensarían que una mujer como yo podría hacer esas cosas. Nunca les pedí que me miraran como si fuera una santa, no le debo nada a nadie. Sólo soy humana. 

El sacrilegio, la libertad, la verdad absoluta. ¿Quién eres tú para decirme qué es lo que no debo hacer? ¿Qué es lo que te molesta de mí? 

Dame una lista y veré cada punto como una meta. 

El diablo lamió sus dedos y luego me besó. Hierro y sal, azufre y frambuesas.

―Deja que te miren, que sepan quién eres.

No era una acusación, no era una humillación. Lo dijo con orgullo, era una invitación. La llave, la libertad, la puerta de salida, el fin de todos los moldes en los que me obligaron a estar.

Me llevó contra la pared, desabroché su pantalón, estaba listo para hacer lo que mejor sabía hacer. Corromper un alma pura, la mentira más grande que hubiera escuchado. La subordinación ante las exigencias de la especie, condena moral, salvación. 

Lo único que sabía era que, con cada embestida frente a los ojos de todos, me sentía más bendita, más real, más yo. Inmaculada. 

El fuego ardía por dentro, desgarraba la piel y la sangre brotaba. Lo devoraría todo si él paraba, si él no llegaba al final, si no me dejaba en ruinas con la ropa en pedazos a la mitad del escenario. El diablo haría todo lo que le pidiera, sabía que sí, porque él no era un santo ni yo una virgen, y la hipocresía no existe entre quienes no ocultan sus pecados. Porque si eso es lo que quiero eso es lo que tengo, y con cada pulsante golpe él rompía las cadenas para ayudarme a conseguirlo. No lo hacía por él, lo hacía por mí. 

No es proselitismo, es libre albedrío. 

No es al diablo a quien venero, es a mí cuando consigo que me haga suya en una esquina de la habitación roja. Es a mí a quien venero cuando lo hace frente todos, cuando dejo de mirar sus ojos y escuchar las palabras con las que tantas veces me hirieron. Cuando ya no duele, cuando ya no importa, cuando quiero más. 

Soy yo a quien venero cuando llevo al diablo dentro y en mis propios dedos me encuentro con los suyos. Azufre fundido entre mis piernas y música roja en el alma.

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