Violeta

A Violeta le gustaba sentir el poder que le daban los tacones altos y la ajustada ropa de látex negro que llevaba para subirse al escenario. El antifaz, el látigo y la música que, con el mismo color de su nombre, creaba ondas amplias que iban a estrellarse en los rostros de los desprevenidos hombres que la miraban bailar.


En realidad, ese poder no era nada más que parte del show. Esa era la ilusión que los hombres, y algunas mujeres de vez en cuando, buscaban cuando llegaban hasta el club. Violeta no tenía que hacer nada más que pretender que obtenía algún tipo de satisfacción al bailar y “dominar” a su público. Una silla, una correa, una mordaza y un par de golpes con el látigo. El dolor era real, eso quedaba claro, pero no era ella quien lo sentía. No le causaba ni sufrimiento ni placer, pero ganaba dinero por ello, así que no veía cuál era el problema. Siendo sinceros, nadie en el club lo vería como un problema, evidentemente, pero fuera de la realidad de ese lugar privilegiado, todas las miradas la habían juzgado y los dedos la habían señalado.


Bien, ¿qué más daba? Ella tenía su dinero y eso era más que suficiente. Nunca había entendido por qué la gente le daba su opinión cuando ella no la había pedido, ¿qué se suponía que hiciera con ella?


Con el tiempo aprendió a manejarlo, sólo tenía que darles la razón. Yo la veía asentir con gesto cansado, como si realmente se sintiera afectada. Decía que quería dejarlo, que estaba buscando otras alternativas, que estaba ahorrando para poder dejar esa vida y pagarse un curso de Derecho en la universidad de la otra ciudad. A veces también añadía una o dos menciones sobre un novio inexistente que la obligaba a seguir presentándose para pagar la renta, pues se gastaba todo el dinero en drogas y alcohol y ella no tenía otro lugar a donde ir. La gente entonces la miraba diferente, y las miradas que la juzgaban se convertían en miradas que la compadecían e incluso admiraban. Así se convertía en una mujer fuerte que luchaba por conseguir una mejor vida, y lo más importante de todo, así la dejaban en paz.


Violeta no quería estudiar Derecho, no tenía un novio drogadicto y tenía dinero de sobra para pagar el doble o el triple de su renta, si fuera necesario. Violeta tampoco sentía placer al azotar el látigo contra la piel expuesta de los clientes, ni deseaba que la llamaran “mi ama” o “mi señora”, pero ahí estaba. Era buena actuando, y tanto dentro como fuera del club desempeñaba sus papeles a la perfección.


O al menos así era como la veía yo.


Yo no frecuentaba el club, había ido un par de veces por simple curiosidad. Había una parte de mí que sabía que siempre había sentido una culpable atracción hacia los juegos de poder, el control y los límites. Ese era mi pequeño secreto, mis gustos inusuales, mis placeres atípicos. Y el club, lleno de dominantes y sumisos, parecía un espacio seguro en el que podría encontrar algo que satisfaciera esa curiosidad.


Para mí, ver el escenario era más que suficiente, no buscaba nada más, no pretendía otra cosa. Las cosas cambiaron después, pero las reglas del juego las había puesto Violeta desde la primera vez que me miró.


Su performance había terminado y yo estaba en la barra, mirando sin poner mucha atención a las bailarinas que se preparaban para el siguiente número. Violeta, ya sin el antifaz ni los látigos, se había sentado a mi lado y también pidió una bebida. Esa fue la primera vez que la vi de cerca y pensé que no debía haber una mujer más hermosa que ella en el mundo entero.


Violeta tenía el cabello largo y ondulado, de un color tan rubio que parecía blanco. Sus ojos eran negros, su piel blanca parecía teñirse con los colores que iluminaban el club. Sus labios estaban pintados de color negro, al igual que sus afiladas uñas y las líneas que alargaban sus pestañas. Yo no lo sabía, pero ella me había notado desde la primera vez que visité el club, y me lo dijo en ese momento.


―Es que te ves muy fuera de lugar ―me dijo, sonriendo―. Entre esa sudadera horrible y la mirada de corderito perdido, fue muy obvio que estos no son tus rumbos.


―Bueno, es que no tengo ropa que se adapte a este estilo.


―Pues ven sin ropa entonces ―dijo ella, con una sonrisa traviesa―. Muchas lo agradeceríamos.


Puso su mano sobre mi pierna, después se acercó para darme un beso en la mejilla y aprovechó la oportunidad para que su mano se deslizara peligrosamente hacia el interior de mis muslos. La mantuvo ahí por lo que me pareció injustamente poco tiempo, y después la retiró cuando se levantó y se marchó de regreso al escenario.


Mis visitas se hicieron más frecuentes a partir de aquel día, y con la misma frecuencia me encontraba a Violeta en la barra para tomar un trago o dos entre sus descansos. Fue así como supe su trágica historia, sus sueños rotos, sus ganas de dejar esa vida y ese trabajo y empezar de nuevo, lejos, en un lugar en el que nadie la reconociera. Con la distancia y la perspectiva que tengo ahora, puedo decir que desde ese momento supe que sería la distracción en turno, el pasatiempo para un par de noches.


¿Qué tan lejos podíamos llegar?


La barra se convirtió en la mesa del fondo, la mesa del fondo en un rincón detrás del escenario, y el rincón en un almacén de escobas debajo de las escaleras. Los tragos se convirtieron en cigarrillos, los cigarrillos en besos y los besos en grandes planes para llevarla lejos y darle todo lo que ella quisiera. Yo prometía entregarle el cielo si ella me lo pedía.


No era la primera persona en caer en el juego, una habilidad tan perfecta requiere de práctica.


Nunca fuimos a su departamento, siempre era el mío. Siempre era mi auto, mi cama y mi dinero. Mis promesas, mis consuelos y mi atención. Violeta daba muy poco de sí misma, pero yo deseaba que fuera mía. Sin los tacones y el traje de látex, se ocultaba detrás de los temores de su pasado y de las relaciones que la habían herido tanto que no se permitía confiar otra vez. Me hacía prometerle que yo la ayudaría a salir adelante, a ser una persona distinta. Volvía a hablar de entrar a la universidad, de ayudar a las mujeres que habían pasado por lo mismo que ella, e incluso llevó la mentira al punto de llevar en su bolso un viejo libro de Introducción al Derecho y mostrármelo, con orgullo, cuando nos reunimos después de una de sus presentaciones.


La sonrisa encantadora nunca faltaba, siempre radiante. Pero yo sabía que, si le ponía atención, podía ver el reflejo de la mentira en sus ojos. Lo sabía, en el fondo lo sabía.


Pero ella fingía tan bien…


―No me crees, ¿verdad?


Discutimos alguna vez, no recuerdo la razón por la que la que todo empezó. Ella fingía estar decepcionada cuando le dije que no podía seguir quedándose en mi departamento, habló del supuesto ex drogadicto, que le tenía miedo, que no podía volver.


Las cosas se habían vuelto tan rutinarias.


Me di cuenta entonces de que ya estaba aburrida de Violeta.


Ya no quería más de sus preocupaciones, esa parte ya se había vuelto cansada. La quería a ella, no a sus problemas.


―¿Crees que no me doy cuenta? ¿Qué todo el tiempo me he estado creyendo tus mentiras? Sabes bien que nada de esto es real, Violeta. Deja de jugar.


―¿Qué? No sé de qué estás hablando ―respondió ella, sorprendida y girándose hacia mí.


―Tú no quieres dejar ese trabajo, no necesitas dinero ni tienes problemas con nadie. Es una mentira.


―¿Qué estás diciendo? Pero yo te lo conté todo, te lo dije ―respondió ella, mirándome con los ojos muy abiertos―. ¿De qué estás hablando?

―Tú solo quieres hacerte la víctima ―le dije yo―. Es lo que siempre haces. Inventas todo esto, tal vez te crees tus propias mentiras, pero no es real.


Violeta se soltó a llorar en ese momento. ¿Qué tanto me costaría convencerla de que ella se había inventado toda esa historia?


―¿Por qué me dices esto? ¿Qué te pasa?


Claro que Violeta jamás había fingido nada, pero yo me encargue de que todas las personas pensaran que así era. Violeta no los necesitaba a ellos, me necesitaba a mí.


―Eres la peor ―dijo, apretando los dientes y aun regando sus lágrimas―. Estás enferma. No puedo creer que me estés haciendo esto.


Aquella tarde salió del departamento azotando la puerta y jurando que no quería volver a verme jamás. Pero claro, eso sí era mentira. Tres días después estuvo de nuevo en mi cama, era fácil hacer que hiciera lo que yo quisiera, porque ya no tenía a nadie más. El cariño en grandes dosis se vuelve sumamente adictivo, y al quitárselo a alguien de manera repentina, la otra persona está dispuesta a hacer lo que sea con tal de obtenerlo de vuelta, lo aprendí con años de práctica, prueba y error. Violeta se volvió adicta a mi atención, ¿Quién más le prometería el cielo y las estrellas a una simple prostituta?

Nadie. Si no era yo no sería nadie más.


―¿Por qué me haces esto? ―me preguntó una noche, cuando me ofrecí a llamarle un taxi para que se fuera pronto― ¿En verdad todo era mentira? ¿Nunca sentiste nada por mí?


―Estás imaginando cosas otra vez.


Volvió a gritarme, volvió a prometer que no volvería, volvió a fallar. Yo gané, Violeta era mía, eternamente mía, bastaría con la más pequeña gota de afecto para tenerla de rodillas a mis pies.


Lo dije antes, a mí me gustan los juegos de poder, son mi pequeño placer secreto. El poder no estaba en el cuero y las correas, ni en los sensuales bailes de una dominatrix rubia. El poder estaba en encontrar la manera de hacer que ella se quedara sin que yo se lo tuviera que pedir

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