Dragones

Los dragones no existen, pero me gusta pensar que sí lo hicieron en algún momento.

Los sentimientos se me escapan, incontrolables, como el llanto de un dragón herido. Imagino que así es: llanto y fuego que quema el bosque entero, y el dragón no pretende destrozarlo todo, pero no puede evitarlo. No puede controlarlo.

Cada movimiento rompe algo, quiere estirar sus alas, levantar el cuello para respirar, agitar su cola para liberarse, pero su cuerpo es tan grande y el espacio es tan pequeño que al final termina destruyéndolo todo. La gente grita y corre, asustada, pero el dragón sólo quería protegerse, no quería lastimarlos.

Soy un dragón.

Lo siento, quisiera poder controlarlo, pero mis emociones son como el fuego, brotan como llamas altas y fuertes, y a la distancia son hermosas, pero en mi interior queman tanto que son insoportables. Y no quiero quemarte, pero eso pasa cuando estás cerca, y es tanto humo y tanto fuego y tanto ruido que es insoportable.

Sólo soy un dragón que quiere volar.

El fuego es parte de mí. Se lo he preguntado a todo el mundo, ¿qué hago para no sentir?

No se puede.

No puedo contener el fuego, lo intento envolver en mis manos, lo intento esconder detrás de mi espalda, me quedo callada para que nada más arda en llamas, pero no puedo. No puedo.

Juro que lo intento, pero no puedo.

El bosque entero arde y yo estoy llorando.

Quizás terminaré ardiendo en mi propio fuego, quizás los dragones existieron y fue así como se extinguieron.

Con un lamento profundo y consumidos por el fuego que ellos mismos crearon.

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