Los días que se perdieron

Solían correr con los pies descalzos, dejando huellas en el camino. Un recuerdo, decían, un recuerdo que el mar arrastraba y guardaba en sus oscuras profundidades.

Y después se quedaban ahí, inmóviles, en estado contemplativo, debajo del cielo naranja del atardecer. Los ojos centelleaban y en la palma de la mano una moneda plateada era lo único que quedaba como testigo del viaje al otro lado del mundo. Un secreto, un misterio, tal vez una mentira bien contada.

Hacía frío, se hacía tarde, se hacían viejas. Los días y las noches inmutables se acumulaban, uno sobre otro, en la esquina más lejana de la habitación, la esquina a la que nunca llegaba el agua y en donde se acumulaba el polvo. Se hacía tarde, decían, pero bastaba con ocultar las manecillas del reloj para que el tiempo, de pronto, dejara de existir.

Los días que se perdieron olían a agua salada y perfume de flores. Humedad de fondo y el sabor metálico de la sangre sobre la lengua. Noches enteras en vela, bajo la intermitente luz artificial, con preguntas sin respuestas y dolores agudos que obligaban a apretar los dientes.

Noches tranquilas también, en las que los párpados pesaban y la respiración disminuía. Noches tranquilas en las que la vida olía a madera mojada y la esquina fría de la cama era el lugar más sagrado de la realidad. Pies viajeros y manos acariciando los difusos contornos del rostro hasta llegar al calor del aliento en los labios.

La vida pasaba, entre las olas y la lluvia, sobre la arena y entre las rocas. Con el agua y a pesar de ella, los días pasaban y la vida se acumulaba sobre sus huesos. Se filtraba por la piel y algunas veces trataba de escaparse con las lágrimas que ansiaban retornar a la basta inmensidad del mar en el fin de mundo, en la orilla del mundo. En el lugar en donde terminaba el fluir de la existencia.

Mañanas idénticas, otoños como veranos. Largos cabellos que se movían con gracia en el agua e invitaban a jugar con ellos. Esquivas sirenas, ávidas ninfas. Miradas que le arrancaban sus secretos a la luna.

Los días que se perdieron, lejos, en la orilla del mundo, fueron los mismos que le dieron completo sentido a la existencia. Palabras fraccionadas, tacto cuidadoso, manos entrelazadas. Miradas sosegadas buscando los colores del infinito guardados en los bordes afilados del abismo. Dedos cuidadosos, roces tímidos, suspiros vagabundos.

Vestidos blancos que ondeaban en el viento, los mismos que abrazaban la piel tras la fuerte lluvia. Temblores nerviosos, suelos ardientes, ardientes como las mejillas sonrojadas tras un beso repentino. Un asentimiento, un permiso no tácito, una sonrisa discreta. Un corazón acelerado en contacto con su semejante. El murmullo de un mar en calma.

Vientos en canción acelerada y, de vez en cuando, uno o dos vestigios en el agua. Testigos peregrinos de lo que murió lejos, lejos de las playas.

Días perdidos, noches también. Recuerdos incorpóreos que se desvanecen como la bruma, como la espuma de un mar agitado. Se pierden, se van, se convierten en fantasmas que intentan no abandonar el lugar de su muerte.

Destellos de lucidez, estrellas fugaces. Sensaciones que despiertan y rememoran las tardes cálidas y las primaveras alegres. Los labios suaves, los abrazos del alma, la vista de la marea desde la ventana.

Y los dedos fríos hundiéndose en la arena de las playas a las que jamás habrá retorno.

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