Plata

Hay una pendiente

Hay una pendiente en el oscuro y frondoso bosque, una pendiente que parece llegar hasta el cielo, hasta la luna.

La luna.

Ella brilla, redonda y ufana, en el cielo nocturno. Esta noche no hay estrellas, pero la luna brilla y eso es suficiente.

También hay una mujer.

Ella está al pie de la pendiente, con las rodillas en el suelo y las manos llenas de tierra. Rasca el suelo con las uñas y sepulta los cristales de color oscuro. La capucha de la capa le cubre el cabello, que es negro como el cielo de la noche.

La capa es de piel, de piel que un día le perteneció a un lobo gris que aullaba a la luna desde esa misma pendiente. El lobo murió hace mucho, ella le pidió perdón cuando tuvo que teñir de sangre la daga y veló por su esencia durante tres noches de luna llena.

El lobo ya no está, pero la mujer sí, y ella también le canta a la luna desde esa pendiente.

Se pone de pie, está descalza y su pie derecho está muy cerca del filo de la espada de plata. Los cristales están sepultados a su alrededor. La luna sigue brillando y parece brillar aún más cuando la mujer empieza a cantarle.

Hace un movimiento lento, casi tímido, y se desprende de la capa de piel de lobo. Su cuerpo sólo está cubierto por un vestido de tela blanca que eventualmente también se irá. Otro movimiento lento va acompañado de una nota baja, una palabra sagrada de un lenguaje olvidado mucho tiempo atrás, cuando la sangre aún fluía por las venas de las montañas y los dioses estaban arriba, en el cielo, y no sepultados debajo de los bosques.

La canción hace que su corazón intente escapar. Late con fuerza y cada latido envía sangre y emoción a su cuerpo.

Sus movimientos, antes tímidos, son ahora más seguros. Una cascada de cabellos oscuros cae sobre su espalda desnuda cuando se desprende del vestido blanco. Su piel pareciera tener un discreto brillo nacarado, solo perceptible bajo la luz pálida que cae del cielo.

Las palabras pronunciadas en su canto melódico se detienen por un segundo mientras ella se inclina para sostener la espada. La carga sobre las palmas extendidas de sus manos y vuelve a cantar.

Y la canción es ahora más acelerada y la sangre fluye más rápido, tan rápido que ella misma siente que tiene que correr para seguir su paso. Y lo hace, corre por la pendiente sin dejar de cantar, con la espada en las manos como si se la ofreciera a la brillante y redonda luna.

Y mientras corre la espada refleja la luz lunar y brilla con ella. La piel de la mujer también lo hace, también brilla y su cabello se torna plateado.

Cuando llega a la cima de la pendiente todo su cuerpo es del color de la luna.

Ya no canta, pero hay música en el aire. Los viejos espíritus que se quedaron atrapados en el bosque, tantos años atrás, tocan sus tambores y hacen sonar los caracoles.

Han despertado.

En años antiguos, cuando el tiempo se contaba de manera diferente, esa era la música de la guerra. Los guerreros marchaban hacia el oeste, pero ya no estaban. Hacía mucho que sus cadáveres yacían bajo la tierra, entre las raíces de los árboles.

Ellos ya no estaban, y lo único que quedaba de recuerdo de aquellos tiempos de gloria era la espada de plata en las manos de una mujer, en la cima de la pendiente. Ella, aún con el corazón desbocado y la respiración, acelerada levanta los brazos y sus dedos se contraen alrededor del filo de la espada.

La plata corta la piel y la sangre tiñe de rojo la piel misma de la luna.

La luna recuerda los días de guerra y recuerda los días de gloria. Recuerda que solía ser una diosa y no una simple mujer con una espada, en la cima de la pendiente.

El eco de la guerra vuelve a sonar y los fantasmas despiertan cuando la primera gota de sangre toca la tierra y se filtra por las raíces de las plantas.

Una serpiente emplumada se sacude y una grieta parte a la mitad una roca.

La mujer sonríe, clava la espada en la tierra y cierra los ojos antes de saltar al vacío desde la pendiente.

Había llegado el momento de cumplir las promesas del pasado.

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