Naves

Estás sentado frente a mí, el lugar iluminado con luz roja, la música haciendo vibrar nuestros vasos. Es mi única oportunidad, es ahora o nunca.

Tengo el corazón acelerado, la respiración un poco entrecortada. No es lo correcto, pero si me mantienes la mirada un poco más, terminaré haciéndolo.

Nos conocimos varios años atrás, no fue un momento especial ni mágico, simplemente fuimos a la misma reunión, nos presentamos con amabilidad y no volvimos a vernos por algunas semanas. Después la relación cambió y empezamos a convivir más. No era nada significativo, era normal que nos viéramos porque estabas con mi amiga y la seguías a cualquier lugar que ella fuera. Al principio pensaba que era molesto, pero después dejó de importarme.

Entonces un día me di cuenta de que a quien extrañaba era a ti y no a ella.

Me sentí mal, me enojé, intenté evitarlos, pero mi curiosidad siempre ganaba y tú eras muy bueno en hablar sobre cosas que atrapaban mi atención. Creo que empezó así, había sido admiración hasta que un día nos quedamos solos y yo deseé que siempre fuera así. Sólo tú y yo, entre las copas vacías, hablando sobre la velocidad de la luz y del por qué mis teorías sobre el universo no tenían ningún sustento científico.

«Claro, es probable, pero no me parece muy lógico.»

«¿Entonces tú crees que somos los únicos en el universo? ¿Sólo por lógica?»

«No creo que seamos los únicos, pero tampoco creo que tus vecinos sean alienígenas. Eso es estúpido.»

«Tú eres estúpido.»

«Estudié Física.»

No era fácil manejar la culpa y el anhelo, no era cómodo estar atrapada entre la envidia y el cariño. Estaba mal y yo lo sabía, pero, ¿qué podía hacer para dejar de sentir?

Y aquí estamos ahora. La celebración acabó y deberíamos haber ido a casa, pero te ofreciste a acompañarme y de camino encontramos un bar de luces rojas. Dijiste que te gustaba la canción que se escuchaba, dijiste que querías una cerveza más, y yo te seguí, porque si no lo hago hoy no lo haré nunca, y sé que no debería hacerlo, pero es difícil mantener la fuerza de voluntad con tanto alcohol en la sangre.

Ambos sabemos lo que hay entre nosotros, la tensión aumenta a la par del silencio. Quiero hablar de cualquier cosa, lo que sea, con tal de evitar que llegue el momento en el que hagas la propuesta, porque no tendré que escucharlo dos veces para decirte que sí.

«¿Y entonces?»

«¿Entonces qué?»

«¿Qué vamos a hacer?»

Haces la pregunta y le das un trago a tu bebida. Cuello y mandíbula expuestos, ángulos marcados. No te mentiré, los he soñado cientos de veces.

«¿Qué quieres hacer?»

No respondes, miras hacia la puerta del lugar, yo cruzo las piernas. ¿Por qué no mejor hablamos de otra cosa? ¿Por qué mejor no nos vamos y olvidamos que vinimos juntos?

¿O por qué mejor no te levantas y me besas tan rápido que no me de tiempo para pensar que esto está mal? ¿Por qué mejor no me tomas de una maldita vez?

El silencio entre nosotros se mantiene, es insoportable. Me termino de un trago lo que queda en mi vaso, la garganta arde ligeramente, me encanta la canción que suena ahora. Ya estás pagando la cuenta, el terror y la emoción son un mismo sentimiento, es inminente.
No lo hagas, por favor. No digas nada, déjame beber un poco más.

«Hay un motel cerca»

Maldita sea.

Es ahora o nunca. El error más deseado, retráctate antes de que sea muy tarde, dime que no es verdad.

Sólo necesito un segundo, volver a cruzar la mirada contigo. Tu expresión es seria, tus ojos son agudos, intensos, no quiero que dejen de mirarme. Los necesito, hay tanto que quiero mostrarte.

Con una palabra sello mi condena. Tendré que hacer que valga la pena.
La música retumba en mi interior.

«Vamos»

Te levantas, tomas mi mano, me guías entre la gente. El contacto es mínimo pero la exitación ya está en límite. El mundo da vueltas, las luces me dan directo en los ojos, me deslumbran, el ruido aumenta, no me puedo concentrar en nada más que en la idea de estar bajo tu control.

Salimos, el aire frío me pega en el rostro. Dices algo, pero no alcanzo a entenderlo, las luces me siguen deslumbrando, ¿por qué?

Alguien grita, un sonido ensordecedor lo inunda todo, es algo que nunca antes he escuchado. Me jalas la mano y haces que retroceda un par de pasos. Más personas gritan ahora, algunas corren, tú levantas la mirada, yo hago lo mismo.

Y las veo.

Son enormes, indescriptibles, incluso sublimes. Se mueven de una manera que no logro comprender. Son imponentes y aterradoras, estoy paralizada, siento que mi corazón se va a detener.

No puede ser real.

Tú susurras una maldición y te aferras a mi mano. Y así de rápido el mundo cambia.

Sus luces nos iluminan mientras avanzan, no puedo despegar la mirada. El miedo no me permite pensar, estoy hipnotizada.

Sólo las veo. Veo las naves llegar.

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