Para Ivonne

Cuenta la leyenda que, en la mitad del onceavo mes, nació una princesa en tierras lejanas.

Los días eran fríos, claro está, y los bosques que rodeaban las montañas estaban teñidos de color cobre. Las hojas en el suelo se quebraban bajo pasos livianos, y más allá, en las costas, los comerciantes vendían las más finas pieles de los continentes del norte.

Pero, a pesar del clima frío, la tierra se llenó de una cálida alegría tras su nacimiento. Y con el paso de los años, en ese día especial, la gente del reino celebraba a la hermosa princesa agradeciendo por el regalo de un día cálido a la mitad del otoño. Año a año, sin falta, su cumpleaños llevaba un fuerte abrazo de luz solar.

La princesa, que no sólo era hermosa si no también muy bondadosa, recorría las calles empedradas recibiendo sonrisas y abrazos, flores y dulces, cartas y gatos. Y al final, como había ocurrido durante los últimos tres años, una canción sincera y en verso.

La trovadora, de palabras breves pero pensamientos claros, año a año la esperaba al final de la calle más estrecha, con su guitarra y una canción. Verso, estribillo y tres estrofas, y la sincera petición de que volviera el próximo año. Y el próximo, y el próximo y el próximo…

Guitarra en mano, versos en el aire y vestidos ondeantes.

Baila conmigo, princesa

Siente las formas del viento

Te cantaré hasta que duermas, te cantaré hasta que bailes

Te cantaré hasta que sientas lo que yo siento

Año a año, en el día más bello del otoño, en la calle más estrecha del reino, la princesa y la trovadora compartirían un recuerdo.

Feliz cumpleaños.

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