Canto de guerra

Hiroko cantaba esta canción, con las manos hacia el cielo, los ojos cerrados y una sonrisa permanente. Nunca compartí el gusto, pero me encantaba verla bailar.

Supe que estaba enamorada de ella cuando, una noche, sentí su dolor como si fuera el mío, y deseé protegerla como si esa fuera mi única misión en la vida. La sostuve entre mis brazos, limpié sus lágrimas y besé su frente. El mundo era frío y rosa a las 3 de la mañana de un jueves mundano.

No fuimos almas gemelas, ni siquiera lo intentamos. Hiroko era libre y desapegada, y yo era demasiado responsable. Me encantaba sentir el calor de las chispas que causaban nuestros abrazos, pero por más cómodo que fuera, acercarse mucho al fuego siempre te dejará quemaduras.

Con un gran estallido catastrófico, todo se vino abajo. Cada cimiento, cada escalera y cada ventana, todo cayó y se quebró en cientos de pedazos. Todo acabó así, en un cataclismo lleno de palabras hirientes, humillaciones y preguntas raras. Hiroko podía ser tan cruel como encantadora, y lo único que pude hacer fue sacarla de mi vida por completo.

El tiempo pasó, la herida sanó, los lugares cambiaron. Volví a nacer, como un fénix, de las cenizas del romanticismo ingenuo. Igual de crédula, un poco más fuerte, un poco menos sensible. Recuperé todo lo que me pertenecía, y deseché todo lo que no quería conservar.

Promesas, colores, y todas las canciones favoritas de Hiroko.

Hasta esa noche.

Las luces distorsionadas por la lluvia, el frío en las piernas, los ojos cansados y una buena compañía. No estaba preparada para escuchar esa canción en el radio y recordar a Hiroko cantando, con los ojos cerrados y las manos hacia el cielo.

Era su himno a la felicidad. Y yo odiaba tener que admitir que era una canción hermosa unida a un mal recuerdo.

Porque no sólo era Hiroko cantando, era también Hiroko llorando en mis brazos, Hiroko besándome, Hiroko planeando el futuro a su lado, y Hiroko diciéndome que en realidad yo nunca sería suficiente para ella.

Esa canción sonaba a esperanzas y festivales de música, pero también a noches de náuseas y llanto, temblores incontrolables, palabras crueles y mentiras dolorosas. Escuchaba cada vez que Hiroko cerró la puerta con un golpe, y cada vez que me recordaba que tenía mejores opciones que estar conmigo. Cada vez que me comparó, me minimizó y se burló de algo que yo amaba.

Pero la canción, maldita sea, es una buena canción.

Así que alguien me dijo, esa noche de lluvia, que disfrutara de ella sin importar a quién más le gustaba. Suena simple, es breve, omite toda la vergüenza que esos recuerdos me hacen sentir, pero tenía razón. Tenía razón.

La canción no le pertenece a Hiroko.

Así que la declaré como mi canto de guerra.

Es un recuerdo, sí, doloroso y humillante, pero un recuerdo de lo que jamás volveré a permitir, lo que jamás volverá a pasar, lo que nunca más permitiré. Cambiaré el recuerdo, lo separaré de ella, ahora se tratará de mí. Es un recuerdo de que soy una persona fuerte y valiosa y no tengo que demostrárselo a nadie.

Y sí, aún puedo imaginar a Hiroko cantando en el festival, sonriendo y diciendo lo mucho que le gusta esa canción, y aún duele, pero quizás, algún día, el recuerdo de las luces borrosas por la lluvia y el radio sea el que esté ligado a la canción.

Y si alguien vuelve a exigirme ser pequeña, sumisa y convencional sólo para recibir migajas de amor, escucharé mi canto de guerra y no volveré a caer. Nunca más, nunca más.

Dejaré que llueva hasta que todo se inunde, hasta escuchar la sinfonía de mi canto de guerra, hasta vencer y no volver a mirar hacia atrás.

Estoy lista para pelear.

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